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jueves, 18 de diciembre de 2025

La paz del corazón tiene un precio


El filósofo Miguel-Ángel Martí afirma que la paz del corazón “tiene un precio y quien la desee tendrá que estar dispuesto a pagarlo”. La calma exige “una clara determinación” que pasa primero por conocer las trampas mentales que nos ponemos a nosotros mismos cuando nos pasa algo con lo que no contábamos. La serenidad no es la mera ausencia de conflictos, sino la comprensión de lo que nos sucede para luego conducirnos por la vida con compasión por el otro y por uno mismo.
Serenidad. Esta es, sin duda, una palabra que al nombrarla evoca paz, dulzura, tranquilidad, sosiego, calma, felicidad...La filosofía de vida actualmente parece mirar a otro lado, solo de soslayo añora la calma como forma de estar en la existencia. Pero no es suficiente para alcanzar la serenidad un desmayado deseo, requiere una clara determinación que troquele de una manera definitiva nuestro espíritu y, por tanto, el modo de comportarnos...
Vivimos hacia fuera cuando sabemos que sin tener el "corazón caliente", reconfortado, abrigado por nuestros propios pensamientos, de nada sirve situarnos en la vanguardia de la diversión...No está sereno quien no tiene nada que le moleste, sino quien entiende, por amor, lo que le sucede.


viernes, 12 de julio de 2024

La calidez y la disciplina efectiva durante la adolescencia predicen las relaciones entre los padres y sus hijos adultos

Un estudio llevado a cabo en EE.UU. concluye que los padres que mantienen una crianza y una participación positiva con sus hijos sentaron las bases para una relación cercana cuando sus adolescentes se convirtieron en adultos. Greg Fosco, profesor de desarrollo humano y estudios familiares del Centro de Investigación de Prevención Edna Bennett Pierce en Penn State, asegura que el estudio es uno de los primeros en examinar cómo los cambios en la participación de los padres, su calidez y la disciplina efectiva durante la adolescencia predicen la calidad de las relaciones entre los padres y sus hijos adultos. El estudio, que fue  publicado en Developmental Psychology, un equipo de investigación encuestó a 1.631 participantes de familias de áreas rurales y semirrurales de Pensilvania e Iowa con hijos con edades comprendidas los entre 11 y los 16 años. Pasado el tiempo, cuando tenían 22 años, repitieron las encuestas.
Cuando los hijos llegan a la adolescencia, a menudo los padres expresan menos calidez y afecto, pasan menos tiempo con sus hijos adolescentes y se vuelven más duros en su disciplina. De esta forma mantenerse involucrado en la vida del adolescentes y permanecer cerca de ellos mientras buscan una mayor independencia y autonomía es todo un desafío, sin embargo, el profesor de Desarrollo Humano y Estudios Familiares afirma que, a pesar de que la crianza en estos años es difícil y diferente, “nuestra investigación muestra que los padres que pudieron mantener una crianza y una participación positivas sentaron las bases para una relación cercana cuando sus hijos adolescentes se convirtieron en adultos”. Shichen Fang, del Departamento de Psicología de la Universidad de Concordia, declara: “Los padres deben evitar los castigos excesivos y los gritos a sus hijos adolescentes, y trabajar para mantener la calma y ser constantes en el cumplimiento de las reglas familiares”, y añade que “los adolescentes quieren sentirse respetados y tratados como adultos. Es importante establecer razones claras para las reglas familiares y sus consecuencias”.


miércoles, 15 de septiembre de 2021

Es preciso mantener la calma


Walter Dresel aconseja que no hay que olvidar quiénes están al otro lado de la mesa de negociación. Debemos tratar de ocultar nuestras debilidades, que de otro modo serán utilizadas rápidamente. En la negociación, la inspección será sinónimo de permanecer en silencio el mayor tiempo posible, a fin de no mover las piezas en el tablero apresuradamente dándole la posibilidad a nuestro ocasional adversario de sacar ventaja de nuestros errores. Dicho de otro modo, hablar mucho y antes de tiempo puede estar demostrando nuestra necesidad o nuestra urgencia por llegar a un acuerdo, que en estas condiciones nunca será favorable a nuestros intereses. Callar, escuchar, escudriñar a nuestro interlocutor, hacer el intento de presentir cuál será su próximo movimiento, actúa mucho más a nuestro favor que exponer todo lo que nos sucede en una catarata de palabras, que sólo pone de manifiesto nuestra desesperación y nuestra necesidad de que se nos otorgue por lo menos algo de lo que estamos solicitando.



Hay una diferencia abismal entre necesitar algo y querer algo. En el transcurso de una negociación de cualquier naturaleza, poner de manifiesto nuestra necesidad es ceder totalmente el terreno a nuestro oponente, permitiéndole de ese modo llevar el diálogo hacia donde lo prefiere. Nuestra necesidad de llegar a un acuerdo, que aunque no sea bueno para nosotros por lo menos nos salve transitoriamente, es, en definitiva, una derrota de la cual nos costará mucho recuperarnos. Es preferible que la necesidad la manifieste la otra parte y que nosotros la podamos captar con rapidez. La necesidad debe estar siempre del otro lado de la mesa de negociación, aunque también la tengamos nosotros. Pero pensemos en lo que queremos obtener, e inmediatamente tomaremos conciencia de que no podemos mostrar flaquezas a la hora de sentarnos a negociar. Nuestra atención debe estar firme y nuestros nervios templados para afrontar una situación.



Es preciso mantener la calma aun en los momentos más encendidos de la discusión; es una buena señal tomar nota de todo lo que se dice para no olvidar ningún detalle. Mantener la calma es la clave que hará dudar a nuestro adversario, que espera que caigamos de rodillas pidiendo perdón por nuestros errores, pretendiendo que a través de su malhumor y de su agresión nos amedrentemos y aceptemos rápidamente y sin discusión sus propuestas. Tengamos siempre presente que toda cuestión que se dirime a través de una negociación involucra tanto nuestro estado emocional como el de quien está sentado al otro lado de la mesa. El control de nuestras emociones será una herramienta de enorme valor para que no transmitamos nuestra ansiedad o angustia por llegar a un acuerdo rápidamente. Un rostro inexpresivo, un gesto adusto y de seriedad, pero que no deje entrever resentimiento o rencor por todo lo previo a esta instancia, en la que pretendemos llegar a un convenio, será también un apoyo importante a la hora de comunicar lo que queremos como resultado de esta negociación. Negarse a aceptar desde el principio el planteamiento de nuestro adversario nos da tiempo a reflexionar y a realizar una contrapropuesta. Debemos evitar el “posiblemente”, el “si acaso”, porque no sólo no configuran ningún tipo de decisión, sino que le dan a nuestro oponente la sensación de que él está muy cerca de ganar la partida, de que hemos bajado nuestra defensa, y de que atacando nuestros puntos débiles terminará obteniendo una aprobación por nuestra parte. La aprobación debe dejarse para el final, y no dejar traslucir que queremos que de una vez llegue ese final para sentirnos más aliviados. Negarnos a aceptar las condiciones no es una señal de soberbia, sino simplemente la intención de ganar tiempo para poder pensar de qué modo queremos redactar la solución final del desacuerdo. Nosotros necesitamos una solución, pero la otra parte también. La eficacia en la negociación se logra en la medida que sepamos cuáles son nuestros objetivos.