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lunes, 16 de marzo de 2020

Ike Eisenhower

Dwight David “Ike” Eisenhower


*Napoleón decía que un genio militar era el “el hombre que puede hacer cosas normales cuando todos los que lo rodean se vuelven locos”. Ese hombre fue el general Eisenhower.

“Ike” Eisenhower ( 1890-1969) era un hombre ecuánime. Cada vez con más aplomo y altura moral, pasó a ser el hombre indispensable, y había alcanzado tal popularidad que un agente de Hollywood le ofreció 150.000 dólares por los derechos de su biografía (más 7.500 para Mamie, para su madre y para su familia política). “Tiene un carácter generoso y encantador, escribiría Montgomery en su diario antes de comenzar la invasión, y me fiaría de él hasta las últimas consecuencias”. Otros compañeros lo consideraban sociable, buen orador y profundamente honesto. Uno de sus subordinados, el almirante sir Bertram H. Ramsay, comandante en jefe de la fuerza expedicionaria naval aliada, afirmaría sencillamente que “es un hombre de una talla excepcional”. Franklin D. Roosevelt lo había elegido para dirigir la Operación Overlord, pues “es el mejor político entre los militares. Es un líder natural, capaz de convencer a otros de que lo sigan”.

Eisenhower no era ni un filósofo ni un teórico militar. Pero creía que muy pocos comandantes sabían lidiar con lo que él denominaba “cuestiones que tocan el alma humana: aspiraciones, ideales, creencias profundas, afectos, odios”.

*Rick Atkinson

lunes, 4 de noviembre de 2019

Sola la virtud posee la justa medida que los vicios del alma no aceptan

Séneca
Séneca decía que nada importa lo intensa que sea la pasión; por más pequeña que sea no sabe obedecer, no acepta un consejo. Como ningún animal secunda la razón, ni el que es feroz, ni el doméstico y manso (pues su naturaleza es insensible a los consejos), así tampoco las pasiones, por más débiles que sean, ni la secundan, ni la escuchan. Los tigres y los leones nunca se despojan de su fiereza; en ocasiones la mitigan; pero, cuando menos se espera, se irrita su crueldad amansada. Jamás los vicios se amansan noblemente. Por lo tanto, si la razón se impone, las pasiones ni siquiera comenzarán; si comienzan en contra de la razón, en contra de ella se mantendrán. Es más fácil impedir el comienzo de aquéllas, que refrenar su ímpetu.


Sola la virtud, añade Seneca, posee la justa medida que los vicios del alma no aceptan. Más fácilmente los extirparás que los refrenarás.Si otorgamos algún derecho a la tristeza, al temor, a la ambición, a los restantes afectos desordenados, no ejerceremos dominio sobre ellos.

Si no está en nuestro poder que las pasiones existan o no, tampoco lo estará su intensidad: si a ellas les has permitido que surjan, crecerán de consuno con sus causas y resultarán tan fuertes como éstas las hayan hecho.¿Cómo tendré bastante energía para acabar con aquel vicio, si para impedirlo tuve poca fuerza, supuesto que es más fácil rechazar el mal que refrenarlo una vez que se le ha dejado entrar?, se pregunta Lucio Anneo Séneca.