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viernes, 8 de noviembre de 2024

El uso de la droga es menos una causa que el síntoma de una profunda alteración

Generalmente han reconocido los patólogos y neurólogos que, en la mayor parte de los casos graves, el uso de la droga es menos una causa que el síntoma de una profunda alteración, de un estado de crisis, de neurosis o de algo parecido en el sujeto. Entre muchos otros estas palabras de un especialista, el doctor Laennec, son formales: “En nuestros países la categoría más frecuente de toxicómanos está constituida por neurópatas y psicópatas, para los cuales la droga no constituye un lujo sino el alimento imprescindible vitalmente, la respuesta a la angustia… la toxicomanía parece entonces como un síntoma más que sumar al síndrome neurótico del sujeto, un síntoma, entre otros, una nueva defensa, muy rápidamente la única verdadera defensa”. 
Actuar las drogas y los estupefacientes (entre los que podemos incluir también el alcohol), los que conducen al individuo a una alienación, a una abertura pasiva a estados que le dan la ilusión de una libertad superior, de una embriaguez y una intensidad desconocida de las sensaciones, pero que en realidad tienen un carácter disolvente y que de ninguna manera le “llevan a otro lugar”. Para esperar de experiencias similares un resultado diferente haría falta disponer de un grado excepcional de actividad espiritual y tener una actitud contraria a la de hombre que las busca y las necesita para escapar a tensiones, traumatismos, neurosis, al sentimiento del vacío y de lo absurdo.

miércoles, 15 de junio de 2022

Un toxicómano curado jamás rechaza la droga, siempre le quedará la nostalgia de ella


Según el Dr. Olievenstein el toxicómano mantiene una relación específica con su cuerpo; no lo “cambiará”, como ocurre en la heterosexualidad o la homosexualidad, pues es precisamente este cuerpo, vuelto totalmente erógeno, y no solamente en la zona genital, la fuente esencial de su placer. Según el mismo autor, el gran toxicómano pasa por dos fases. La primera es la “luna de miel con la droga”, alternancia de carencia y placer. Es Dios cuando se droga y, en estado de carencia, se autocastiga, pero lo soporta porque sabe que puede volver a empezar. Es la gran diferencia entre toxicómano y suicida, puesto que este último carece de recursos. Pero la toxicomanía es siempre un fracaso, porque la “luna de miel” no dura mucho. El flash desaparece y el drogado recurre entonces a la droga no para disfrutar, sino para apaciguar los sufrimientos del infierno de la carencia. La pregunta fundamental es, pues, la siguiente: ¿por qué hay jóvenes que aceptan el sufrimiento de la carencia, a menudo la obligación de prostituirse para conseguir dinero, la renuncia a toda carrera y el rechazo de la sociedad? La respuesta del Dr. Olievenstein es la siguiente: “El flash es una bomba atómica. Después el adicto pasará muchísimo tiempo buscando este placer. Un toxicómano curado jamás rechaza la droga, siempre le quedará la nostalgia de ella, al contrario de lo que le ocurre a un alcohólico”. El pinchazo intravenoso, generador del flash, introduce el “corte libidinal fundamental” que remodela la personalidad. Si quien ha conocido una intensidad de esta naturaleza ya no tiene ganas de hacer el amor, no es por impotencia, sino por indiferencia ante un placer considerado como menor. El drogado nunca pide asistencia durante la “luna de miel”. Rechaza cualquier tipo de cura de desintoxicación. Su demanda personal sólo se produce cuando, habiendo desaparecido el disfrute del flash, sólo le queda el sufrimiento y la dependencia.

Agricultores afganos recogen opio

Desde el campesino miserable que cultiva la adormidera para sobrevivir hasta el magnate que se abstiene de recurrir a los productos que le enriquecen, innumerables tramas tejen alrededor del mundo la red de la tentación fatal. La movilización de los policías desemboca en arrestos de dealers, pequeños traficantes ellos mismos consumidores, en “redadas” a veces espectaculares que los media se complacen en airear; pero estas acciones raras veces llegan a afectar el poder de las “honorabilísimas personas” encaramadas en el vértice de esta pirámide de la desgracia y a menudo introducidas en los aparatos de Estado y que disponen de los medios financieros necesarios para hacer callar y que consiguientemente son inaccesibles.