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miércoles, 29 de enero de 2020

Reducir el dióxido de carbono tiene un coste muy caro



Para combatir el cambio climático se ha planteado en Alemania encarecer los vuelos nacionales, subir los peajes, prohibir la calefacción de gasoleo, imponer un impuesto al consumo de la carne con intención de reducir el consumo de vacuno. ¿Todo esto es necesario? El paleoclimatólogo Eduardo Zorita contesta que eso no son cuestiones científicas, sino políticas. “Es verdad que hay un riesgo de aumentar el dióxido de carbono, pero reducirlo tiene un coste. De hecho es muy caro. Habrá que comparar entre los beneficios que suponen esas medidas y los costes que conllevan”. “Como actuar concretamente la ciencia no puede decirlo hoy”, manifiesta Steve Koonin, antiguo subsecretario de energia en Estados Unidos. Hay que pensar que prioridad dar al crecimiento económico, a la reducción de la pobreza, a la calidad del medio ambiente…y tomar opciones que implicarán renunciar a algo para obtener otra cosa.

La mayoría de las emisiones de CO2 las realizan China e India ( 40%) mientras Alemania son un 2% y las de España un 0,5%. Eduardo Zorita apunta que “ aunque Alemania redujera a cero sus emisiones, si los demás no actúan , no servira absolutamente de nada, lo que haga el ciudadano repercute muy poco, incluso lo que haga cada país. Es un problema global”


Muchos científicos opinaba que lo más efectivo para reducir las emisiones son las tecnologías. Hallar formas nuevas de producir electricidad, la electrificación del transporte, nuevas tecnologías más baratas que los combustibles fósiles. Para Zorita este es el “camino más efectivo, mucho más que las prohibiciones y se puede hacer”

lunes, 5 de noviembre de 2018

La peste de 1347.

En el siglo XIV, en amplias regiones de Europa y Asia apareció la Peste, una de las catástrofes naturales más terribles que recuerda la historia. La peste se inició en las mesetas del Asia Central, por 1337-38. Tal vez no hubiera alcanzado las tierras de Occidente si no se hubiera producido un hecho concreto. En 1347 los tártaros de la Horda de Oro asediaban la ciudad de Kaffa, en Crimea, colonia genovesa. Los tártaros lanzaban con sus catapultas
cadáveres infestados por encima de las murallas. La peste cundió en la ciudad sitiada, los genoveses, ya enfermos, la evacuaron, y con sus naves, en medio de la dificultad y de las bajas, trataron de regresar a Italia. Se dieron los primeros contagios en Messina y Génova. De Génova navegaron los gérmenes a Marsella, y por tierra viajaron a París; en tanto que de Messina la epidemia se trasladó pronto a la península italiana. Todo en 1347. Luego el mal siguió viajando, un barco con vino de Burdeos lo transportó a Londres. De Francia pasó a la Corona de Aragón en 1348 y de aquí a Castilla y Portugal en 1349. También sufrieron en Países Bajos y Alemania, cuenta el historiador Jose Luis Comellas. 



Se transmitía por picadura de mosquitos previamente infectados, tras picar a las ratas, que son el agente transmisor más activo, y que se agravaba todos los veranos, para remitir en invierno. Efectivamente, el verano es la época de mayor proliferación del mosquito. La transmisión del mal es más fácil en veranos suaves, con máximas que raramente superan los veinte grados, tal vez en aquellos veranos tan propios de la época. La peste de 1347-1351 fue tal vez la mayor catástrofe momentánea y de origen natural que ha sufrido el hombre. Trabajos realizados en Francia y Gran Bretaña sobre datos bien conocidos muestran una mortandad del 35 por 100, en algunos casos mayor. 

 bacteria de la peste 
Algunos paleoclimatólogos relacionan la peste con el frío. Los largos y helados inviernos pudieron entorpecer la siembra, las malas primaveras y veranos echaron a perder las cosechas; las malas cosechas generaron hambre, el hambre debilidad, y la debilidad nunca es causa de una epidemia, pero puede serlo de su más fácil propagación y del aumento de la tasa de víctimas mortales. El hambre precede a la peste, y no al contrario.