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miércoles, 10 de febrero de 2021

Telón de Acero


El Telón de Acero fue emblema y frontera de la Guerra fría. La expresión de “Telón de Acero” fue popularizada por el británico Winston Churchill: "De Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático, una cortina de hierro se ha abatido sobre el continente", declara el 5 de marzo, en un discurso en Estados Unidos.

Vasili Rozanov

Sin embargo, su paternidad es atribuida al escritor ruso Vasili Rozanov, que la emplea en 1918 refiriéndose a la revolución bolchevique en su libro "El Apocalipsis de nuestro tiempo". "Tintineando, rasgando y chirriando, un telón de acero cae sobre la historia de Rusia”.


La frontera entre la Europa comunista y el Oeste, concebida por los dirigentes soviéticos para frenar la ideología occidental, se materializó progresivamente para frenar las fugas de ciudadanos hacia el Oeste. Erigida desde 1949 por Hungría, y luego por otros países del bloque comunista, constaba de alambradas, fosas, muros de cemento, alarmas eléctricas, instalaciones de disparos automáticos y minas, que se extendía a lo largo de miles de kilómetros.




lunes, 2 de septiembre de 2019

La guerra



Son asombrosas la frialdad y la indiferencia con que la mayor parte de la humanidad asiste al comienzo de una guerra. Para quienes oyen sobre ella a la distancia o se enteran por los libros pero jamás se han representado mentalmente sus males, es apenas poco más que una competición vistosa; una proclama, un ejército, una batalla, y un triunfo, escribe Samuel Johnson. Pálidos, entumecidos, desanimados e indefensos; jadeando y gimiendo sin que nadie se apiadara de ellos, entre hombres curtidos en una larga miseria sin esperanza ninguna; y finalmente sepultados en fosas o echados al mar, desconocidos y olvidados. Es en estos campamentos incómodos y en estos lugares malsanos, en los que todo coraje es inútil y toda iniciativa imposible, donde las flotas son diezmadas en silencio y los ejércitos poco a poco consumidos. Es así como se extenúa en forma gradual a un pueblo, la mayoría de las veces con escaso resultado. Los pocos individuos que terminan beneficiándose, no parecen legitimados por la más justa de
las causas a obtener esas utilidades. Si el que cosechó los frutos es el que corrió el riesgo y se hizo rico con la victoria tras sangrar en la batalla, podrá ostentar sin miedo su botín. Pero al concluir una guerra, ¿qué nos recompensa por la muerte de una multitud de personas y por los gastos millonarios si no es la contemplación de la gloria repentina de pagadores y agentes, de contratistas y comisionados, cuyos coches relucen como meteoros y cuyos palacios se elevan como una exhalación? Estos son los hombres que sin virtud, trabajo ni riesgo alguno se enriquecen conforme su país se empobrece.

Niños en la guerra
Por supuesto que antes de desenvainar la espada todas las naciones confían en la victoria; y es esa fe que cada cual posee en sí mismo la que produce aquella desenfrenada efusión de sangre que ha afligido al mundo con tanta frecuencia. Pero es evidente que al menos una de entre dos opiniones que se excluyen tiene que estar equivocada; y en la historia de la humanidad no faltan ejemplos capaces de enseñar cautela y moderación. 

lunes, 28 de agosto de 2017

Un sacerdote filipino escuchó confesiones durante varios días y luego fue colgado.

El coste global de vidas por las medidas estadounidenses en Filipinas fue enorme, pero difícil de cuantificar. Para las fuentes autóctonas “en los quince años que siguieron a la
prisioneros españoles tras la derrota
derrota de los españoles en la bahía de Manila en 1898, fueron asesinados más filipinos por las fuerzas estadounidenses que por los españoles en los 300 años de colonización. Más de 1.500.000 murieron de una población total de 6.000.000”. Según una estimación estadounidense los militares filipinos muertos fueron unos 20.000

La carta que le envió su hijo al reverendo W. H. Walker, que
 W. H. Walker
este llevó al Boston Daily Globe y se publicó el 5 de mayo de 1902, describía con precisión cómo fueron ejecutados 1.300 prisioneros en unas pocas semanas y las actividades que habían rodeado la operación. “Un sacerdote filipino, decía, escuchó sus confesiones durante varios días y luego fue colgado enfrente de ellos. Después se eligió a veinte prisioneros para que cavaran las fosas comunes y al terminar les dispararon”. El joven Walker lo justificaba: “Para evitar que los presos disminuyeran las raciones de los soldados y estos no se murieran de hambre, la única solución era matarlos”.