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sábado, 4 de abril de 2020

Una sociedad basada en la esclavitud puede producir grandes obras de arte, pero no un crecimiento económico



En la Antigua Grecia, cuenta el profesor estadounidense de historia económica Rondo E. Cameron, los griegos carecían tanto de experiencia como de afición para hacer experimentos con los medios de producción, pues el trabajo era algo deshonroso, el estigma del sirviente. Arquímedes fue un científico genial que despreció sinceramente la aplicación de la ciencia; su única concesión a la practicidad fue el diseño de una catapulta mecánica para la defensa (fallida) de su Siracusa natal contra los romanos. Aristóteles, quien probablemente poseía el conocimiento más enciclopédico de todos los filósofos o científicos de la Antigüedad, estaba convencido de que la distinción entre amos y esclavos venía determinada biológicamente. Según él, que los esclavos trabajaran para que sus amos pudieran disponer de tiempo libre con el que desarrollar las artes de la civilización formaba parte del orden natural del universo. Y san Pablo escribió: “Amos y esclavos deben aceptar su situación actual, pues el reino de la Tierra no podría sobrevivir si unos hombres no fuesen libres y otros esclavos”. En vista de tales actitudes, no resulta sorprendente que apenas se dedicase algún pensamiento a inventar métodos para aligerar la carga del trabajo o para mejorar la situación de los siervos. Una sociedad basada en la esclavitud puede producir grandes obras de arte y literatura, pero no un crecimiento económico. 

viernes, 17 de marzo de 2017

Las ametralladoras.

La idea de que en la guerra hay reglas y que los combatientes se matan entre sí de acuerdo con unos conceptos básicos de justicia se enterró para siempre, probablemente, con la ametralladora. No es extraño que un solo hombre armado con una ametralladora pueda rechazar a todo un batallón, al menos por un tiempo; esto también altera toda la ecuación de lo que significa ser valiente en combate. En la primera guerra mundial, cuando se generalizó el uso de las armas automáticas, era habitual que, tras conquistar una posición enemiga, se ejecutara a los artilleros que las manejaban por toda la muerte que sembraban, en cambio, a menudo se perdonaba la vida a la infantería regular, de la que se pensaba que luchaba limpiamente. 
Las ametralladoras obligaron a la infantería a dispersarse, camuflarse y luchar en unidades menores e independientes. Todo esto favorecía el sigilo, más que el honor, y la lealtad al pelotón, más que la obediencia ciega. En una guerra de esta naturaleza, los soldados gravitan hacia lo que funciona mejor con el menor riesgo. En este punto, la batalla deja de ser un grandioso juego de ajedrez entre generales y se convierte en un experimento de matanza pura y sin freno, escribe Junger. Como resultado, buena parte de la táctica militar moderna se dirige a desplazar al enemigo hasta una posición en la que, esencialmente, se lo pueda masacrar
desde un lugar seguro. Es algo que suena deshonroso, añade Junger, pero solo si se imagina que la guerra moderna tiene que ver con el honor; no es así. Lo que importa es ganar: matar al enemigo en condiciones lo más desiguales posible. Cualquier otra cosa provoca, sin más, que seas tú el que pierda a un mayor número de hombres. Hay dos formas de inclinar la balanza en un combate que de otro modo resultaría limpio y justo: tender una emboscada de fuerza apabullante o usar armas a las que no se puede responder. Lo mejor, por descontado, es recurrir a los dos métodos.