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martes, 28 de julio de 2020

El diario de Shanina


Roza Shanina, francotirador del Ejército Rojo

Shanina escribió: “Tengo el presentimiento de que moriré pronto. Si algo me sucediera, ¿podrías escribir a mi madre y contárselo? Quizá te preguntes por qué imagino que voy a morir. Es porque de las 78 personas que había en mi batallón solo quedamos seis…”. En su diario, Shanina había tomado nota de las cualidades que más admiraba: la modestia y el coraje. Ella decía: “Solo me siento verdaderamente feliz cuando lucho por el bienestar de otros… Si tengo que sacrificar mi vida por este ideal, estoy dispuesta a hacerlo”. La última entrada del diario de Shanina se redactó el 24 de enero: “Dos días de lucha terrible”, escribió. En una ocasión, el fuego enemigo había sido tan intenso que se vio obligada a buscar refugio tras un cañón autopropulsado. Pero Shanina terminaba con optimismo: “¡Ahora volvemos a avanzar!”. Poco después, cayó malherida en un enfrentamiento ocurrido cerca de la población de Selmsdorf, de la Prusia Oriental. Murió el 28 de enero de 1945. Roza Shanina (3 de abril 1924- 28 enero 1945) fue una francotiradora soviética de la Gran Guerra Patriótica (1941-1945)

viernes, 17 de marzo de 2017

Las ametralladoras.

La idea de que en la guerra hay reglas y que los combatientes se matan entre sí de acuerdo con unos conceptos básicos de justicia se enterró para siempre, probablemente, con la ametralladora. No es extraño que un solo hombre armado con una ametralladora pueda rechazar a todo un batallón, al menos por un tiempo; esto también altera toda la ecuación de lo que significa ser valiente en combate. En la primera guerra mundial, cuando se generalizó el uso de las armas automáticas, era habitual que, tras conquistar una posición enemiga, se ejecutara a los artilleros que las manejaban por toda la muerte que sembraban, en cambio, a menudo se perdonaba la vida a la infantería regular, de la que se pensaba que luchaba limpiamente. 
Las ametralladoras obligaron a la infantería a dispersarse, camuflarse y luchar en unidades menores e independientes. Todo esto favorecía el sigilo, más que el honor, y la lealtad al pelotón, más que la obediencia ciega. En una guerra de esta naturaleza, los soldados gravitan hacia lo que funciona mejor con el menor riesgo. En este punto, la batalla deja de ser un grandioso juego de ajedrez entre generales y se convierte en un experimento de matanza pura y sin freno, escribe Junger. Como resultado, buena parte de la táctica militar moderna se dirige a desplazar al enemigo hasta una posición en la que, esencialmente, se lo pueda masacrar
desde un lugar seguro. Es algo que suena deshonroso, añade Junger, pero solo si se imagina que la guerra moderna tiene que ver con el honor; no es así. Lo que importa es ganar: matar al enemigo en condiciones lo más desiguales posible. Cualquier otra cosa provoca, sin más, que seas tú el que pierda a un mayor número de hombres. Hay dos formas de inclinar la balanza en un combate que de otro modo resultaría limpio y justo: tender una emboscada de fuerza apabullante o usar armas a las que no se puede responder. Lo mejor, por descontado, es recurrir a los dos métodos.