miércoles, 18 de marzo de 2026

Debemos sopesar el bienestar y las condiciones de vida que tenemos hoy frente a las que nos gustaría tener mañana

La humanidad debe encontrar la forma de seguir viviendo en simbiosis con el entorno que le rodea, aprovechando al máximo todos los recursos disponibles para seguir mejorando continuamente su propio bienestar. La humanidad debe adaptares a la evolución de un planeta que en los últimos 50 mil años ha incorporado a sus transformaciones los cambios provocados por la acción humana. La acción del hombre como ajena a la evolución del planeta es un abstraccionismo hermético e irracional que nos devolvería a la lucha entre el bien y el mal, algo de que los sistemas físicos y naturales están al margen.
El clima siempre ha cambiado, desde el origen de la Tierra, y todos los seres vivos se han adaptado a estos cambios o se han extinguido. Si la velocidad del cambio climático se dispara, también debemos acelerar nuestra capacidad de adaptación con medidas inmediatas y concretas que produzcan efectos igualmente rápidos. Es mucho más urgente adaptarse a los cambios y proceder al mismo tiempo con todas aquellas acciones de mitigación que, sin devolvernos a la época preindustrial o reducirnos a la pobreza, nos permitirán salvar gradualmente aquellas toneladas de CO tan criticadas.
Debemos sopesar el bienestar y las condiciones de vida que tenemos hoy frente a las que nos gustaría tener mañana. Porque no convenceremos a nadie de que retroceda, de que renuncie al nivel de prosperidad que ha alcanzado hasta ahora o que pague precios incalculables por los mismos beneficios o incluso por menos. Son muchas las encuestas en que las cuestiones climáticas y temas medioambientales encabezan las procuraciones, pero si les pedimos a los ciudadanos que renuncien al coche, a la calefacción, a Internet y a los viajes en avión, lo rechazarán rotundamente. Y la respuesta será la misma si les pedimos que paguen precios significativamente más altos por estas mismas comodidades. Podríamos tener más éxito planificando un proceso a largo plazo que nos permita seguir aumentando de manera constante el bienestar durante muchos años sin sobrecargar a los ciudadanos.
Son muchos los factores que influyen an la longevidad, y una calificación sitúa a Suiza, Italia, Japón, Islandia y España a la cabeza de la lista de los estados con los ciudadanos más sanos y longevos, lo que pone de relieve que el parámetro que une a todas estas naciones es su riqueza. En los paises pobres, por muy poco contaminados que estén, la gente muere joven. En Papúa Nueva Guinea, uno de los lugares más vírgenes del planeta, la esperanza de vida al nacer es de sesenta y siete años, muy inferior a la que había en Italia en los albores del boom económico.

Referencia: El mundo al revés, todos contra todos de Roberto Vannacci

¿Dónde está la canción antes de ser cantada?

¿Dónde está la canción antes de ser cantada?. ¿Dónde, en efecto? En ningún sitio es la respuesta; la canción se crea al cantarla, al componerla. Así también, la vida la crean los que la viven, paso a paso.


martes, 17 de marzo de 2026

Ningún país va a reducir su crecimiento o su consumo de forma sustancial a la vista de un problema medioambiental que se producirá a largo plazo

Tony Blair sorprendió con una frase en la Clinton Global Initiative de 2005, cuando dijo: “Creo que si vamos a actuar ante esto(problema medioambiental), debemos comenzar desde la honestidad más brutal acerca de las políticas que utilizaremos para resolverlo. Lo cierto es que ningún país va a reducir su crecimiento o su consumo de forma sustancial a la vista de un problema medioambiental que se producirá a largo plazo. Para lo que sí están preparados los países es para intentar trabajar codo con codo, con el fin de resolver este problema de forma que nos permita desarrollar la ciencia y la tecnología de modo beneficioso”. Algo parecido nos dijo uno de los más importantes investigadores económicos: “Unas reducciones drásticas en las emisiones solo se podrán conseguir si las tecnologías de las energías renovables abaratan sus precios hasta valores razonables” (Clinton Global Initiative).
Habría que dedicar un 0,05% del PIB a I+D en tecnologías de generación energética sin emisión de carbono. El precio sería unos 25.000 millones de dólares por año.

Los alumnos de hoy estudian más años, cuestan más a la sociedad, pero aprenden menos

Los que dirigen la formación de los jóvenes no intentan establecer lazos de solidaridad entre éstos y la sociedad, sino que quieren formar jóvenes que sientan urgencia de cambiar la sociedad. En otras palabras, desde una institución como la escuela, que es para todos, los pedagogistas actúan según su agenda política, aunque no sea el ideal apoyado por la mayoría de los votantes. Lejos de desempeñar una función neutra y al servicio de los padres, de los alumnos y de la sociedad, los están utilizando para sus propios fines. Así es como la libertad y no el conocimiento se ha convertido en el valor clave de la escuela. Supuestamente, se incrementaría la libertad al destruir la cultura, una idea anarquista. Hay quienes alaban el caos por ver en él posibilidades creativas. Este nuevo “régimen” fue introducido en la escuela sin haberse comprobado de antemano cuáles serían sus resultados, involucrando a la sociedad en un experimento de laboratorio a escala gigantesca para el que no existe ningún tipo de seguridad. Los alumnos de hoy estudian más años, cuestan más a la sociedad, pero aprenden menos. Esto no parece importarles a los pedagogistas, que simplemente niegan los hechos diciendo que los alumnos no habrían aprendido menos sino otras cosas. Lo fraudulento es que no exista el modo de medir estas “otras cosas” y que, por lo mismo, se trata de afirmaciones gratuitas. Después de vaciar a la escuela de su tradición, se abren las puertas al capricho, a la moda, a la comunicación, a lo lúdico, en fin, a cualquier cosa que no requiera el largo aprendizaje previo característico de la cultura. ¿A qué otras cosas supuestamente aprendidas por los alumnos se refieren los que quieren desarrollar la educación? Todos mencionan lo mismo, usar un buscador en internet, saber imprimir un texto en una impresora y no tener miedo a cuestionar los contenidos curriculares. A esto último se lo denomina “haber adquirido pensamiento crítico”. 
Lo moderno se presenta como libre, abierto, sin límites, creativo, lo que se traduce en la práctica como “todo vale”. Cualquier opinión vale lo mismo que las conclusiones de alguien que haya estudiado un campo de conocimientos. En vez de dar énfasis al aprendizaje se desculpabiliza a la ignorancia. La escuela ya no ayuda a los incultos a volverse cultos, sino que les hace creer que son cultos. La diferencia entre el inculto de antes y el de hoy estriba en que el primero sabía que no era culto. Ahora se trata de halagar al inculto. La destrucción de la tradición es la destrucción de la cultura. Si no se enseña a los jóvenes la cultura, deberá volver a hacerse todo desde el principio. Lo que se pretende es empezar desde cero porque así todos los jóvenes quedarían al mismo nivel, precisamente ese nivel cero.

Referencia:Repensar la educación de Inger Enkvist, pedagoga sueca, fue catedrática en la Universidad de Lund

lunes, 16 de marzo de 2026

Revolución

Desde la explicación de Karl Marx en el siglo XIX, centrada en las contradicciones estructurales objetivas de los procesos sociales, hasta quienes las han considerado como meros episodios de violencia, el tema ha dado lugar a interpretaciones para todos los gustos. Theda Skocpol, autora de un estudio ya clásico de historia comparada de las tres grandes revoluciones en Francia, Rusia y China, las definió como “transformaciones rápidas y fundamentales de la estructura de clases y del Estado en una sociedad”, acompañadas, y en parte ayudadas, por revueltas y movimientos sociales desde abajo. En su definición, cuestionada y modificada por acontecimientos y enfoques posteriores, intervenían dos elementos decisivos. En primer lugar, la transformación tenía que ser social y política. Al cambio político, súbito y violento, debían acompañarle, en un corto o muy corto período de tiempo, transformaciones sociales profundas, la inversión sustancial de la situación anterior. Y era eso justamente lo que las diferenciaba de los golpes de Estado, de las revueltas palaciegas o de las rebeliones que no modificaban las bases sociales del poder político. En segundo lugar, las revoluciones sociales debían incluir algo más que una renovación planeada por una elite desde arriba; la lucha de clases, la insurrección popular, ocupaban de esa forma un espacio primordial en el cambio.
Las revoluciones cambian muchas cosas, entre ellas la jerarquía establecida entre las clases y los valores e instituciones sociales, pero, sobre todo, crean Estados más burocráticos, centralizados y represivos que los ya existentes, escribe Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

Nuestra última esperanza es la belleza

Cuando la verdad y la bondad han sido atacadas por todos los frentes, desde el cientificismo positivista hasta las últimas filosofías de moda, nuestra última esperanza es la belleza. La razón es muy simple, no podemos negar su efecto en nuestra alma, y la certeza de la propia experiencia es inmune a cualquier tratado y a cualquier método, por más que los racionalistas pretendan lo contrario. Kieslowski, saliendo de una reunión a las afueras de París cuando acababa de terminar de grabar Le double vie de Véronique, dijo que “Una chica de quince años se me acercó y dijo que había ido a ver mi película. Había ido una, dos, tres veces y sólo quería decirme una cosa… que se había dado cuenta de que existe el alma. Antes no lo sabía, pero ahora sabía que el alma existe”.
La esperanza, la profundísima esperanza que se aloja en la belleza de la nostalgia y en el arraigado amor de quienes rodean el púlpito de la vida es la única antorcha que a la secularizada alma occidental, que al flagelado espíritu adolorido, le queda por levantar frente al dolor y las miserias propias de la vida. Frente al dolor, música. Frente al vacío, la Palabra. Cuánta razón tenía Dostoyevski cuando dijo que la belleza salvaría al mundo. A la parisina, la belleza le recordó la inmortalidad del alma.


domingo, 15 de marzo de 2026

No pasa nada si los políticos no cumplen lo prometido

Los gobernantes, para conservar el poder, suelen prometer una cascada de beneficios para el pueblo. Se comprometen a hacer o a no hacer esto o aquello. Pero no pasa nada si no cumplen lo prometido. “Nunca faltaron a un príncipe (gobernante) razones legítimas para disfrazar la inobservancia. Se podrían citar innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y promesas vueltos inútiles por la infidelidad de los príncipes (gobernantes). Que el que mejor ha sabido ser zorro, ese ha triunfado”. En ese “razones legítimas” está el cinismo de Maquiavelo. Porque hace compatible esas razones con la infidelidad.No pasa nada, “los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”, escribe el filósofo Rafael Gómez Pérez.
Maquiavelo afirma que el gobernante ha de ser a la vez león y zorro. León pegaba más en un tiempo en el que los principados, con mucha frecuencia, se conquistaban o se ensanchaban por las armas, dice Gomez Pérez, pero en tiempo de democracia, ser león no está bien visto. Pero ser zorro tiene un premio siempre, sobre todo si las gallinas, teniendo suficiente comida y algún que otro devaneo con el gallo, siguen con esa mirada lateral, nunca de frente.
En democracia, esa sociedad de gallinas ha llegado a creerse que en ellas está “la soberanía del gallinero”, o nacional. Ignoran o fingen ignorar que la soberanía la tiene el zorro. Pero el zorro político, aprendiz en la escuela de Maquiavelo, cultiva un refinado cinismo, en el que el valor más bajo y manejable es el de la verdad.