D. H. Lawrence escribe en El amor es la felicidad del mundo: “La delicada luz de la conciencia humana, exquisita y perenne, no se apaga nunca. Las luces de las grandes ciudades sí se apagan, las rodean las sombras, y todo son aullidos en el monte. Pero siempre, desde que el hombre es hombre, la luz de la conciencia humana, pura y conocedora de Dios, ha seguido encendida. A veces, como pasó en los años oscuros, quedó reducida a un reguero de llamas diminutas, pero perfectas, del más puro conocimiento de Dios, aquí o allá.”…. "Y ese es el destino humano. La luz nunca se apagará, hasta el último día. La luz de la aventura humana en pos de la conciencia, lo que es, en resumidas cuentas, la luz humana del conocimiento de Dios”.
“La vida del hombre es una aventura sin fin en la conciencia. Allá que va la columna de humo por el día, la columna de fuego por la noche, a través de los páramos del tiempo. Hasta que el hombre se cuenta a sí mismo una mentira, otra mentira. Y la mentira va delante de él, como la zanahoria delante del burro. Hay en la conciencia del hombre dos corpus de conocimiento; las cosas que se cuenta a sí mismo, y las que descubre. Las que se cuenta a sí mismo son casi siempre agradables, y casi siempre mentira. Las que descubre son generalmente dolorosas al principio.”




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