Santiago Huvelle, filosofo, escribe que “la honra adquiere un sentido distinto cuando no se proyecta hacia adelante (fama, gloria) si no hacia atrás, reafirmándose en la pregunta quién soy, quién es mi padre. Entonces lo que empuja al héroe no es la fama, sino la deuda. Vivir del mejor modo posible, incluso heroicamente es una forma de reconocimiento del hijo al padre. Pero no hay que entender esto en sentido freudiano, del padre represor y frío al que el hijo busca ansiosamente agradar, para compensar una falta. Si no más bien como una respuesta agradecida a quien nos introdujo en el mundo, sosteniéndonos en el vértigo de lo que somos, a través de su confianza, de un amoroso “tú puedes, hijo”.” “La honra entonces es sobre todo reconocimiento del legado recibido. Y en el caso del varón, es la forma en que su identidad masculina recibe su confirmación.”
“Hablando de masculinidad herida, los terapeutas Bob Schuchts y Jake Khym señalan que una herida muy común en el varón, y sobre la que no se presta suficiente atención, es la que genera no una paternidad vociferante sino una paternidad silenciosa. El padre que observa distante al hijo, y calla, puede herir profundamente su identidad en formación. Pues es precisamente en ese proceso identitario que se forja en un movimiento de salida confiada hacia el mundo, donde el hijo depende radicalmente de la mirada y la palabra paterna, que lo confirman. Dicho silencio deja al corazón del hijo con una duda radical: ¿puedo hacerlo? ¿tengo lo que hay que tener? ¿está bien lo que estoy haciendo? ¿es así como se hace?”
“Quién soy, en el caso del varón resulta muy patente, pasa por saber de quién soy, en recordarme hijo de mi padre, de su mano poderosa que soltó un día el manillar de la bicicleta, esa misma mano que tantas veces se apoyó en mi hombro, que a la vez me sostenía como me impulsaba hacia delante. Su reconocimiento liberador, su confianza y su aliento hicieron posible para mí asumir el riesgo que es la vida. Y cuando el hijo se hace padre, entiende mejor que nunca, que él y su padre, y el padre de su padre, no son sino mediadores de una Paternidad plena, de las que no son sino sombras.”
“Quién soy, en el caso del varón resulta muy patente, pasa por saber de quién soy, en recordarme hijo de mi padre, de su mano poderosa que soltó un día el manillar de la bicicleta, esa misma mano que tantas veces se apoyó en mi hombro, que a la vez me sostenía como me impulsaba hacia delante. Su reconocimiento liberador, su confianza y su aliento hicieron posible para mí asumir el riesgo que es la vida. Y cuando el hijo se hace padre, entiende mejor que nunca, que él y su padre, y el padre de su padre, no son sino mediadores de una Paternidad plena, de las que no son sino sombras.”


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