“Estado de Bienestar hace confortable la pobreza, y penaliza cualquier intento de salir de la misma”, decía el economista Thomas Sowell. El problema de los sistemas asistencialistas es que generan incentivos perversos: “Para qué cambiar”. Y ahí radica la diferencia entre un Estado que garantiza un nivel de servicios adecuados para la población más desfavorecida y el sistema asistencialista, que penaliza al que lucha. El economista Daniel Lacalle manifiesta que “la subvención constante crea más pobreza. Hace que los trabajadores no se adapten ni busquen nuevas oportunidades de formación y crecimiento; de hecho, se entrega la formación a sindicatos y entes públicos cuyo objetivo es seguir cobrando dicha ayuda, no lanzar personas mejor preparadas al mercado laboral. Es curioso que las subvenciones a la formación de parados aumenten con el número de desempleados, creando un incentivo perverso. Se benefician por el aumento del problema.”
Fernando Sánchez-Dragó comentaba que “el Estado de Bienestar convierte al hombre en súbdito, en oficinista, en funcionario, en niño pitongo de beca permanente, en clase pasiva”.



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