domingo, 6 de septiembre de 2026

El antisemitismo es el odio hacia los judíos porque son judíos

Tras el ataque terrorista perpetrado por Hamás el 7 de octubre de 2023 en Israel, y la consiguiente campaña militar israelí en Gaza, la ola no ha parado de crecer, la ola de antisemitismo.Parece que, a pesar de casi ocho décadas de educación antirracista, de una cultura occidental sostenida sobre el rechazo al Holocausto; a pesar de miles de estudios históricos, sociológicos y antropológicos sobre el antisemitismo, de la creación de decenas de centros de investigación expresamente dedicados al análisis y la lucha contra esa lacra; a pesar de los cientos de documentales, largometrajes y novelas dedicados a los horrores a los que llevó el antisemitismo en la primera mitad del siglo XX; parece que, a pesar de todo, el fenómeno no para de crecer.Si visitamos el sitio web del Observatorio del Antisemitismo creado por la Federación de Comunidades Judías de España, y consultamos el listado de incidentes antisemitas, observamos el mismo panorama. Al lado de carteles y pintadas pidiendo la libertad de Palestina o denunciando el genocidio en Gaza; al lado de actos celebrados en solidaridad con el pueblo palestino; al lado de viñetas denunciando los crímenes de guerra cometidos por el ejército israelí; nos encontramos con actos de vandalismo contra sinagogas o comercios judíos, agresiones a miembros de las comunidades judías de España o actos de exaltación del nazismo.
Antony Lerman durante los años 90, se encargó de dirigir al grupo de expertos que se dedicaron a elaborar el Antisemitism World Report, que recogía información sobre incidentes antisemitas ocurridos en todo el mundo a través de una red internacional de informantes. Presenció cómo, a partir principalmente del año 2000, en el contexto de la Segunda Intifada y la “guerra contra el terrorismo”, se fue imponiendo la idea de que existía una nueva forma de antisemitismo que consistía en la oposición a las políticas de Israel en los Territorios Ocupados y, más en general, en la oposición al proyecto político sionista. Con el tiempo, y gracias a una amplia red de organizaciones expresamente creadas con ese fin, el marco del “nuevo antisemitismo” se fue imponiendo hasta convertirse en la nueva ortodoxia.
Israel pasó de considerar que la oposición árabe al proyecto político sionista era una cuestión meramente política, a considerar que se trataba exclusivamente de  una cuestión de prejuicio.La razón había que buscarla en un prejuicio irracional, atávico y eterno, el antisemitismo. Era ese incurable odio a los judíos lo que lo explicaba todo; de manera que, en realidad, no había nada que Israel pudiera hacer para acabar con esa oposición árabe, porque no se trataba de lo que Israel hacía o dejaba de hacer, sino de lo que Israel era un Estado judío.
Durante los años 80 y 90, se fue produciendo un cambio importante en las organizaciones dedicadas a la lucha contra el antisemitismo.Israel empezó a desempeñar un papel más protagonista en el asunto, primero a través del Mosad, después a través de los responsables de relaciones con la diáspora y finalmente a través del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Stephen Roth Institute de la Universidad de Tel Aviv, dio forma a un documento sobre la definición de antisemitismo. “El antisemitismo es el odio hacia los judíos porque son judíos y se dirige contra la religión judía y los judíos individual o colectivamente. Más recientemente, el antisemitismo se ha manifestado en la demonización del Estado de Israel”.

Tres católicos para iniciar la unificación de Europa

“Contra las fuerzas instintivas e irracionales, contra la mística del materialismo revolucionario, no existe otra vía posible que el recurso a la instancias de nuestra civilización común; hemos de constituir la solidaridad de la razón y del sentimiento, de la libertad y de la justicia. La primera defensa de la paz descansa sobre un esfuerzo unitario que también incluya a Alemania, eliminando el peligro de guerra, de revancha y de represalias”, manifiesta Alcide De Gasperi, que fue ministro de Asuntos Exteriores y presidente del Consejo de Ministros de Italia, así como fundador de Democracia Cristiana. Apoyó sin reservas el plan elaborado en mayo de 1950 por el ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, y suscrito igualmente por el canciller de Alemania Federal, Konrad Adenauer. Tres católicos, tres democristianos para iniciar la unificación de un Viejo Continente devastado por la Segunda Guerra Mundial.


Si sabemos que somos finitos, es porque nuestro entendimiento rebasa el límite de la propia finitud

No logramos hacer todo lo que queremos (sea por obstáculos externos o por obstáculos internos); nos suceden muchas cosas que no controlamos, ni queremos ni prevemos; vivimos en un flujo de tiempo y de acontecimientos que no podemos invertir ni detener. De manera que nuestra finitud es evidente. Pero, por otro lado, no son menos evidentes ciertos rasgos de nuestra vida que escapan a esa finitud, que de alguna manera la hacen porosa o la abren a lo infinito. Para empezar, constatamos el sorprendente hecho de que, siendo finitos, lo sabemos o tenemos conciencia de ello; pues si sabemos que somos finitos, es porque nuestro entendimiento rebasa de algún modo el límite de la propia finitud.


sábado, 5 de septiembre de 2026

Bar Dickens, Manhasset, Long Island

J. R. Moehringer escribe en El bar de las grandes esperanzas:
Hijo único, abandonado por mi padre, necesitaba una familia, un hogar. Y hombres. Sobre todo hombres. Los necesitaba para que me sirvieran de mentores, de héroes, de modelos, y como una especie de contrapeso masculino de mi madre, mi abuela, mi tía y las cinco primas con las que vivía. El bar me proporcionaba a todos los hombres que necesitaba, más dos o tres que no me hacían ninguna falta. Mucho antes de servirme copas, el bar me sirvió la salvación. Me devolvió la fe cuando era niño, cuidó de mí de adolescente, y me acogió cuando me convertí en un hombre joven. Aunque me temo que nos sentimos atraídos por aquello que nos abandona, y por lo que parece más probable que vaya a abandonarnos, finalmente creo que nos define lo que nos acoge. Yo, naturalmente, correspondí al bar y lo acogí también, hasta que una noche el bar me rechazó y, con ese acto de abandono final, el bar me salvó la vida. Siempre había habido un bar en esa esquina, con un nombre u otro, desde el principio de los tiempos, o desde el final de la Prohibición, lo que en mi pueblo, Manhasset, Long Island, en el que tanto se bebía, era lo mismo. En la década de 1930, el bar era una escala para las estrellas de cine que iban camino de sus clubes náuticos y sus urbanizaciones exclusivas frente al mar. En la de 1940, el bar era un refugio para los soldados que regresaban de las guerras. En la de 1950, un lugar de encuentro para chicos engominados y novias con falda de capa. Pero el bar no se convirtió en referente, en terreno sagrado, hasta 1970, cuando Steve compró el local, le cambió el nombre y le puso Dickens.

Alicia en el País de las Maravillas

Charles Lutwidge Dogdson
El ministro anglicano y profesor de matemáticas del Trinity College de Oxford, Charles Lutwidge Dogdson, acompañó una tarde de verano de 1862 a su colega, el reverendo Duckworth, a una excursión en barca por el Támesis. Llevaban a las tres hijas del deán de la iglesia de Christ Church, Lorina, Alicia y Edith Liddell. Las niñas aburridas, quisieron oír uno de los estrafalarios cuentos que solía narrar el reverendo Dogdson. Ese día decidió que lo protagonizara Alicia, que acababa de cumplir 10 años. Ante su asombroso argumento, el pastor Duckworth le preguntó si estaba improvisando. Dogdson le dijo que sí, pero que lo estaba “inventando paso a paso, más por tener que decir algo, que por tener algo que contar”. La historia original se llamaba Las aventuras de Alicia bajo tierra. La niña le pidió a Carroll que lo pusiera por escrito y las navidades siguientes, se lo regaló copiado de su puño y letra, acompañado de unos encantadores dibujos. Tres años más tarde lo publicó, bajo su nombre. El texto revisado que publicó MacMillan en 1865, omitiendo algunas referencias personales y añadiendo otras narraciones adicionales, junto a las ilustraciones de John Tenniel, se tituló Alicia en el País de las Maravillas.
Decía el cubano Cabrera Infante que “ese modesto clergyman inventó casi él solo, toda la literatura de nuestro siglo”. Antes de que Kafka escribiera una sola línea, ya había gritado la reina de Alicia: “¡No, no! ¡Primero la sentencia… el veredicto después!”. Se ha señalado repetidas veces el parecido entre la obra de Carroll y la de El Castillo, o El Proceso, pero mientras que el mundo del escritor judío de Praga resulta opresivo y deprimente, el de Alicia es tremendamente revolucionario.
Alicia se enfrenta a la aparente insensatez de este mundo (”no puedes evitar andar entre locos”, le dice el Gato de Cheshire, ya que “todos estamos locos aquí”). Como dice su traductor, Jaime de Ojeda, “el mundo del alma es complejo e imprevisible, y la vida nos obliga a atravesar circunstancias no menos complejas e ingobernables”. Es así como “cada uno procura encontrar su propio camino en esa dicotomía laberíntica del propio ser y de la vida”. Pasamos así del asombro y el miedo de la infancia a la indignación ante la idiotez y la hipocresía de la adolescencia, que pone luego en evidencia, como adultos, nuestras infamias y fracasos. 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Nos cuesta reconocer que sea un progreso que sus fiestas tuviesen que ver con los santos, mientras que las nuestras nos las dictan los banqueros

Escribe Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) que “cuando el lector medio se interesa por los Cuentos de Canterbury, que son tan divertidos como Dickens y tan medievales como la catedral de Durham, ¿qué es lo primero que se pregunta? Pues, por ejemplo, por qué se llaman Cuentos de Canterbury y qué hacían los peregrinos camino de Canterbury. Estaban, por supuesto, participando en un festival popular, igual que una fiesta moderna aunque mucho más jovial y divertido. Tal vez también nos cueste reconocer que sea un progreso que sus fiestas tuviesen que ver con los santos, mientras que las nuestras nos las dictan los banqueros. Hoy casi es necesario explicar que un santo es un hombre muy bueno. La idea de una preeminencia meramente moral, compatible incluso con la total estupidez o con el fracaso, constituye una idea revolucionaria que de tan familiar se ha convertido en extraña y que necesita, como otras muchas cosas de aquella vieja sociedad, de un absurdo paralelismo moderno para devolverle su frescura y agudeza originales. Si entrásemos en una ciudad extranjera y nos encontráramos un monumento como la columna de Nelson, nos sorprendería saber que el héroe que lo corona fue famoso por su cortesía y buen humor durante un dolor de muelas crónico. Si viéramos pasar un desfile con una banda de música y un héroe en un caballo blanco, nos parecería raro que nos dijeran que había sido muy paciente con una tía suya solterona y excéntrica. Y no obstante, solo una parodia semejante nos da la medida de la innovación que supuso la idea cristiana del santo popular y reconocido. Es necesario darse cuenta sobre todo de que, aunque esta era la gloria más alta, en cierto sentido era también la más baja. Estaba hecha del mismo material que el trabajo y la vida cotidiana y no requería de la espada o el cetro, sino más bien del bastón y la azada, pues ambicionaba la pobreza.”

Infancia de Europa

La cristianofobia latente de una parte de la intelectualidad occidental del siglo XIX y XX se confunde con el rechazo al universalismo romano y también con el recelo a lo que la Europa cristiana medieval significó en la historia universal. El filósofo Dalmacio Negro ha llamado oportunamente la atención sobre ello. “Se podría decir que la Iglesia puso en marcha la historia de Europa, impregnándola además de su aspiración a ser historia universal, como efecto del universalismo cristiano. El odio a la Iglesia católica, cosa muy distinta al anticlericalismo y las rivalidades confesionales, se confunde con el odio a la cultura europea”.
Ovidio Capitani señala que “Europa es una creación medieval”, siendo la mejor definición de la Edad Media la que da el historiador francés Robert Fossier al hablar de la “infancia de Europa”.
De igual manera que el prejuicio antimediaval está muy vinculado al anticlericalismo y al anticatolicismo en la genealogía de las ideas modernas, también el relato “necrolegendario” sobre una Edad Media “primitiva”, y sin estados-nación está inscrito en la narrativa de los nacionalismos decimonónicos. Y es que el medievo, escribe Rodriguez de la Peña, es cuna indiscutible de nuestras identidades nacionales, y fue también paradójicamente la época por excelencia del universalismo, el imperial y el eclesiástico.