El historiador Fernando García de Cortázar y Ruiz de Aguirre escribe que con la muerte del general Franco, llega la democracia a España, y legiones de oportunistas, pillos o pusilánimes, cambiando de chaqueta, corrieron a situarse en la linea de salida de la prueba democrática. Los enseguida caballos ganadores se llevaron un buen lote de profesionales y empresarios que se habían beneficiado de la “paz laboral”. Miles de conversos a los nacionalismos catalán y vasco tratan de borrar sus antiguas lealtades a golpe de intolerancia, al tiempo que desaparecen de la calle liturgias y emociones que recordaban el propio nombre de España. Comienza la carrera por ser más autonomista que nadie, en la que lo grotesco, insólito y oportunista alcanzan con comodidad difíciles plusmarcas.
En aquellas fechas, la transición política fue atropellada por la crisis económica mundial, que cabalgaba sobre el aumento del precio del barril de petróleo. La vida de los españoles fue invadida por el paro, a causa de las capitulaciones de unas industrias que no podían hacer frente a los elevados costes de producción. La inflación alcanzaba limites alarmantes y el deficit público no hacía más que engordar.
Para detener la escalada de conflictividad Adolfo Suarez recurrió a la política de acuerdos sociales realizados a tres bandas, gobierno, empresarios, partidos y sindicatos, cuya puesta de largo en los Pactos de la Moncloa de octubre de 1977 fue uno de los mayores éxitos de la transición.
Copiando a catalanes y vascos, se bombardeo a los ciudadanos de cada región con nuevas identidades y raíces, tratándoles de convencer de la necesidad de ser diferentes. Pese a ser la primera que reconocía las reivindicaciones históricas vascas, la Constitución de 1978 no consiguió más que una respuesta abstencionismo del PNV. En los nacionalismos, los símbolos tienen más importancia que las realidades; por ello los nacionalistas vascos prefirieron seguir jugando a no ser constitucionalmente españoles y a convencerse de que los fueros eran la única constitución.
Para detener la escalada de conflictividad Adolfo Suarez recurrió a la política de acuerdos sociales realizados a tres bandas, gobierno, empresarios, partidos y sindicatos, cuya puesta de largo en los Pactos de la Moncloa de octubre de 1977 fue uno de los mayores éxitos de la transición.
Copiando a catalanes y vascos, se bombardeo a los ciudadanos de cada región con nuevas identidades y raíces, tratándoles de convencer de la necesidad de ser diferentes. Pese a ser la primera que reconocía las reivindicaciones históricas vascas, la Constitución de 1978 no consiguió más que una respuesta abstencionismo del PNV. En los nacionalismos, los símbolos tienen más importancia que las realidades; por ello los nacionalistas vascos prefirieron seguir jugando a no ser constitucionalmente españoles y a convencerse de que los fueros eran la única constitución.






