En lugar de limitarse al tradicional debate entre la distribución gubernamental de la riqueza y el apoyo al libre mercado, los procesos electorales cada vez dan mayor importancia a cuestiones como la inmigración, la identidad nacional y la seguridad ciudadana. Este cambio en el paradigma perjudica a la izquierda. ¿Por qué? Pues porque como señaló David Goodhart, resulta más fácil que un partido de derechas dé un giro económico a la izquierda que el que uno de izquierdas dé un giro cultural a la derecha.Los partidos de izquierdas no son capaces de abrirse hueco en esa amplia franja del electorado en el que reside el votante medio, un individuo que suele tender a lo conservador en lo cultural y al centro izquierda en lo económico. A los conservadores les resulta más sencillo, puesto que no están tan atados a la ortodoxia económica libertaria como lo están los partidos de izquierda a los valores culturales progresistas. Para el tipo de activista con estudios superiores que ha llevado las riendas en los partidos izquierdistas desde mayo del 68, las políticas identitarias y el multiculturalismo son dos caballos de batalla fundamentales. Sin embargo, se trata de ideas con un calado popular mucho menor que el de sus propuestas económicas, de ahí el atolladero en el que se encuentra el progresismo.
La corrección política tiene más poder en la izquierda que en la derecha. Muchos votantes conservadores en lo social podrán sentir antipatía por aquellos candidatos de sus filas que muestren un perfil más ecologista, pero ciertas disensiones de carácter progresista no van a hacer que la reputación de un candidato de derechas se ponga en entredicho, ni que su buen nombre acabe arrastrado por los suelos. Sin embargo, un político de izquierdas que tienda a la derecha en lo cultural, por ejemplo, que reclame una reducción de la inmigración o la abolición de la discriminación positiva, probablemente se encuentre con un aluvión de acusaciones de racismo y machismo en las redes sociales, escribe Eric Kaufmann, profesor de Política en la Universidad de Buckingham, miembro del Manhattan Institute.






