Si los mercados fueran perfectos, una empresa que cobrara unos precios demasiado alto perdería todo el negocio. En un mundo de mercados sumamente imperfectos, una empresa que cobre un precio algo más alto gana casi tanto con ese precio más alto como lo pierde en ventas; una empresa que no baja los salarios ejerce una influencia mayor sobre sus trabajadores que casi compensa su coste más alto; y así sucesivamente. El coste que tiene para una empresa el hecho de no ser totalmente racional y de no bajar los salarios y los precios puede ser bastante pequeño, lo suficiente para que las personas razonables no lo hagan. Y sin embargo, la decisión de no bajar los precios en una recesión, que es razonable a titulo individual, puede tener unos resultados colectivamente desastrosos. Si los precios no bajan cuando la gente decide tener más dinero en efectivo, la reducción de la producción y del empleo no se corrige sola. En un mundo imperfecto, a los grupos de personas que se comportan razonablemente como individuos pueden ocurrirles cosas absurdas.
No es posible fomentar todas las industrias nacionales; subvencionando a una, ayudamos a alejar capital y trabajo de otras. Por lo tanto, una política comercial estratégica favorable a alguna industrias es, en realidad, una política estratégica contraria a otras, lo cual lleva inmediatamente a preguntarse si los gobiernos son suficientemente sofisticados u objetivos para llevar a cabo ese cometido.
Los políticos encuentran sus ideas en algún lugar. Si los profesores y académicos no les proporcionan los eslóganes que necesitan para conseguir votos siempre es posible encontrar a algún otro que lo haga.
Los políticos encuentran sus ideas en algún lugar. Si los profesores y académicos no les proporcionan los eslóganes que necesitan para conseguir votos siempre es posible encontrar a algún otro que lo haga.
Referencia: Vendiendo prosperidad de Paul Krugman






