Hoy el discurso en Occidente está sometido a la más brutal censura. No podemos tolerar al intolerante, nos dicen parafraseando a Popper que todos deben caer ante la guillotina woke. La “democracia” y la “sociedad abierta” exigirían, así, la cancelación, que es tanto como decir que exigen el totalitarismo y la sociedad cerrada. Se ha vuelto más real que nunca la metáfora retratada por Chesterton sobre los individualistas modernos, la serpiente maníaca que se come su propia cola; “el animal degradado que se destruye a sí mismo” (Chesterton, G.K.; Orthodoxy). Nos dicen que la libertad tiene límites,manifiesta Hargous,pero algo anda mal si vemos leyes que castigan a los que dicen la verdad. Y eso que anda mal no es solamente el hecho de que cada quien no pueda decir “cualquier cosa”. No pareciera ser tan importante políticamente defender el derecho a decir estupideces o a insultar. Pero lo que está en juego aquí es diferente, la misma comunidad política, precisamente en cuanto es una comunidad. Y es que poder opinar sobre materias políticas es fundamental para participar de ese algo común que constituye la Polis. El buen Aristóteles desarrolla este argumento al comienzo de su Política: “La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente. La naturaleza no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra (Logos). Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales; poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la comunidad familiar y la comunidad política. (Aristóteles; Política I)”.