La belleza es una promesa de felicidad, dijo Stendhal. Por eso el ser humano siente que está hecho para ella. No solo para el alimento, el trabajo, el descanso, el conocimiento o el lenguaje. También y muy principalmente para la belleza.Platón decía que el alma humana, a través del amor a la belleza, se eleva desde sus carencias e imperfecciones hasta la plenitud de la verdad y del bien. La llamada a la belleza no parece responder a ninguna necesidad concreta. Los hombres primitivos hicieron cuencos de arcilla para aplacar con más facilidad su hambre y su sed. Lo que no sabemos es porque adornaron sus vasijas con una cenefa de figuras geométricas. Esa decoración no sirve para nada, no cumple ninguna finalidad biológica, y por eso mismo revela que los hombres no solo buscan satisfacer sus necesidades, sino lograr también que las cosas sean o parezcan hermosas.
Referencia: Breve historia de Occidente escrita por José Ramón Ayllón.







