lunes, 4 de mayo de 2026

Ciclo de dopamina

Los algoritmos son el corazón de las redes sociales. Son sistemas diseñados para analizar grandes cantidades de datos y ofrecer a cada usuario una experiencia personalizada. Determinan qué contenido aparece en nuestro feed, qué publicaciones se destacan y cómo interactuamos con la plataforma, todo basado en nuestras actividades previas y preferencias.  El funcionamiento básico de los algoritmos de redes sociales puede explicarse de manera sencilla. Las plataformas recopilan información sobre nuestras interacciones, qué publicaciones nos gustan, cuáles compartimos, a quién seguimos y cuánto tiempo pasamos viendo ciertos contenidos. Con estos datos, los algoritmos intentan predecir qué contenido nos interesará más en el futuro.  Si frecuentemente interactuamos con videos de cocina, es probable que la plataforma nos muestre más contenido relacionado con recetas y gastronomía. El objetivo es mantener nuestra atención y que pasemos más tiempo en la aplicación.
Plataformas como Instagram y TikTok están diseñadas para mantenernos enganchados. ¿Cómo lo logran? Aprovechan un proceso psicológico conocido como el ciclo de dopamina. Cada vez que recibimos una notificación, un "me gusta" o vemos contenido que nos agrada, nuestro cerebro libera dopamina, un neurotransmisor asociado con la sensación de placer. Esta liberación nos incentiva a repetir la acción para obtener esa gratificación nuevamente.Este ciclo puede llevarnos a la “carrera de la rata”, donde constantemente buscamos esa pequeña dosis de satisfacción que nos ofrecen las redes sociales, desplazándonos sin fin por nuestros feeds en busca de más contenido que nos haga sentir bien. Los algoritmos identifican este comportamiento y nos ofrecen más de lo mismo para mantenernos enganchados.  Las redes sociales tienen control total sobre sus algoritmos y pueden ajustarlos según sus intereses. Pueden decidir priorizar cierto tipo de contenido, ya sea para promover nuevas funciones, responder a tendencias o influir en la opinión pública. 
Los algoritmos de las redes sociales tienen un impacto significativo en cómo percibimos el mundo y en nuestras interacciones diarias. Si bien están diseñados para mejorar nuestra experiencia, también pueden llevarnos a hábitos poco saludables, manteniéndonos en un ciclo interminable de búsqueda de gratificación inmediata.

El antiguo sueño de crear un hombre nuevo sigue vivo

En los albores del siglo XXI, el antiguo sueño de crear un “hombre nuevo” sigue vivo, metamorfoseándose en formas que nuestros antepasados apenas habrían imaginado. Este mito, que ha impulsado revoluciones y moldeado ideologías, ahora se infiltra en los rincones más insospechados de nuestra sociedad tecnológica. Los avances en biotecnología e inteligencia artificial prometen no solo curar enfermedades, sino “mejorar” la propia esencia del ser humano. Es el sueño del hombre nuevo, ahora vestido con bata de laboratorio.Pero el mito no se limita a los confines de la ciencia. En las aulas universitarias y en los debates sobre identidad de género, raza y nacionalidad, resuena la idea de que el ser humano es infinitamente maleable, capaz de “reinventarse” a voluntad. Es como si la sociedad entera se hubiera convertido en un inmenso experimento de ingeniería social, con cada individuo como su propio Dr. Frankenstein.
Hannah Arendt nos advirtió sobre los peligros de las ideologías que buscan crear un “hombre nuevo”, recordándonos los horrores del totalitarismo del siglo XX. Desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, la noción de un ser humano radicalmente transformado ha sido el horizonte utópico de numerosos movimientos políticos y sociales. El mito persiste, aunque en formas más sutiles. Hoy lo encontramos en el transhumanismo, que promete superar las limitaciones biológicas mediante la tecnología; en ciertas corrientes pedagógicas que aspiran a crear un nuevo tipo de ciudadano; o en movimientos sociales que buscan redefinir aspectos fundamentales de la identidad humana.La atracción de este mito es comprensible. Ofrece una solución sencilla en apariencia a los problemas de la sociedad del siglo XXI. Si pudiéramos cambiar la naturaleza humana, argumentan sus defensores, podríamos eliminar el conflicto, la injusticia y el sufrimiento. Es una promesa seductora, pero potencialmente peligrosa.Dicho peligro radica en que el mito del hombre nuevo a menudo implica una negación de la complejidad y la diversidad de la experiencia humana. Tiende a reducir al ser humano a una fórmula, a un modelo ideal al que todos deberían ajustarse. Esta visión puede llevar fácilmente al autoritarismo, justificando la supresión de la disidencia o la diversidad en nombre de un futuro utópico.Además, como señala Negro, este mito suele ir acompañado de un rechazo a la tradición y a la sabiduría acumulada a lo largo de generaciones.
El verdadero progreso humano no reside en la creación de un “hombre nuevo”, sino en una comprensión más profunda y compasiva del ser humano tal como es, con todas sus contradicciones y potencialidades. Solo desde esta base de realismo y empatía podremos construir sociedades más justas y humanas, sin sacrificar la libertad y la dignidad individual en el altar de una utopía inalcanzable.


Referencia: El Mito del Hombre Nuevo de Dalmacio Negro 


domingo, 3 de mayo de 2026

El único discurso que no se ha reducido a la dimensión de lo útil es el que la Iglesia dirige

Massimo Cacciari, ex alcalde de Venecia y filósofo agnóstico, dijo con ocasión de la XV Jornada Mundial de la Juventud, en Agosto de 2000: “En Roma se ha producido un acontecimiento que tiene algo de increíble para el mundo laicista. Hoy por hoy, el único discurso que no se ha reducido a la dimensión de lo útil, del interés, de lo pragmático, es el que la Iglesia dirige a los jóvenes. Se podría hacer todas las consideraciones que se quieran, pero esto queda fuera de cualquier duda”. Los jóvenes han respondido de manera insospechada a este llamamiento no utilitario.
Fulvio Scaparro, experto en psicología juvenil expresó que “desde hace años estoy diciendo que los ideales, los sueños, el deseo de cambiar el mundo y la intolerancia ante la mediocridad de la vida sin valores y sin objetivos elevados, no son una opción de la juventud, sino la estructura misma de los jóvenes, no solo de los creyentes. Me disgusta solo que para darse cuenta se haya debido esperar a que más de dos millones de jóvenes vinieran a recordárnoslo a Roma”. 
Lo que debe servir de guía en el trato con la gente joven y en el intento de formarla, es el mensaje eminentemente afirmativo que Juan Pablo II nos ha transmitido acerca de ella, concreción de una profunda verdad antropológica y metafísica,“la relación y el ansia de Dios, plenitud del Ser, fundamento de lo real, es la condición más honda y constitutiva de toda persona creada”.


Como la fresa tiene gusto a fresa, así la vida sabe a felicidad

Richard Easterlin
Richard Easterlin cuenta que la satisfacción que tenemos en la existencia, el grado de felicidad que declaramos, depende en muy gran parte, pues somos seres sociales, de la manera en que nos comparamos con los que están alrededor nuestro. Y un individuo es estadísticamente más feliz, o tiene más posibilidades de serlo, cuando gana 2.000 euros en una empresa en que todo el mundo gana 1.000, que cuando gana 3.000 euros en una empresa donde todo el mundo gana 10.000. En el fondo, miramos siempre a los demás con el deseo de obtener lo que ellos tienen, de modo, dice Easterlin que se suele producir este sorprendente fenómeno, cuanto más ganamos, más ricos nos volvemos, y más frecuentamos a gente que es más rica que nosotros, con una desigualdad de ingresos mucho más importante que si frecuentamos a gente mal pagada. Cuanto más aumenta nuestra remuneración, más ocasiones tenemos de sentirnos frustrados, porque tenemos el sentimiento de que toda la gente que nos rodea tienen más suerte que nosotros, son más felices que nosotros.
San Agustín expresaba que no hay que desear lo que no tenemos aún, sino volver a desear lo que ya tenemos. Dice François-Xavier Bellamy que quizá toda la felicidad consiste en amar lo que hemos recibido como si no lo tuviésemos; y toda la infelicidad, en la única experiencia verdaderamente terrible de la existencia, resulta de conjugar la felicidad solo en el pasado, cuando no se supo disfrutar de su presencia. Mi salud es un bien infinitamente precioso, pero del que no sé su valor más que en el momento en que comienzo a perderla. Somos desgraciados por perder lo que no hemos sido felices por tener. La felicidad perdida es incluso, en realidad, la única desgracia que existe. Prévert dice: “He reconocido la felicidad por el ruido que ha hecho al marcharse”. Una frase como esa define la catástrofe de nuestras vidas.
Epicuro en la Carta a Meneses nos dice que la felicidad puede encontrarse simplemente en nuestro rencuentro con la vida. Pero recolectar con la vida, con el presente, supone una curación que todos necesitamos; liberarnos de nuestros miedos.
Alain escribe que “la vida es buena por encima de todo; es buena por si misma; el razonamiento no le añade nada. No se es feliz por viaje, éxito, placer. No, se es feliz porque se es feliz. La felicidad es el sabor mismo de la vida. Como la fresa tiene gusto a fresa, así la vida sabe a felicidad. El sol es bueno; la lluvia es buena; todo ruido es música. No es que estemos condenados a vivir; vivimos ávidamente. Queremos ver, tocar, valorar; queremos desplegar el mundo. Todo viviente es como un paseante de la mañana.” Y añade Alain que “incluso las penas, la fatiga, las pruebas, todo eso tiene aún un sabor de felicidad, porque todo eso tiene aún un sabor de vida. Existir es bueno; no algo mejor que otra cosa; porque existir es todo, y no existir no es nada. Si no fuese así, ningún viviente nacería, ningún viviente duraría.

Lo importante no consiste en las cosas que hago

Para el filósofo Alejandro Llano, lo importante no consiste en las cosas que hago ( una casa, un viaje, un libro) sino en lo que hago con mi propia vida y con la vida de los que me rodean; cómo me porto con ellos y con migo mismo. La clave está en los bienes humanos que se trata de realizar e integrar, y no tanto en las cosas materiales que se fabrica y se posee.

sábado, 2 de mayo de 2026

El joven necesita un proyecto y una finalidad para caminar

El joven necesita un proyecto y una finalidad para caminar. En la peregrinación de su vida es necesario activar su brújula para tomar un buen sendero y llegar a la meta. Y esta meta se encuentra en la familia. Preparamos a los jóvenes para que puedan formar su propia familia. Para ello se requieren una serie de capacidades como comprometerse, ser leales, respetarse, convivir amablemente, soportar las molestias, etc. Sin esas cualidades, no aguantan ni dos telediarios, escribe José Manuel Horcajo.

2 de mayo de 1808

El 2 de mayo de 1808, con el bando del alcalde de Móstoles y la rebelión del pueblo de Madrid, comenzó la Guerra de la Independencia española, que se prolongaría hasta 1814 y acabaría significando, junto con el fracaso ruso, el principio del fin de Napoleón. En ese alzamiento nacional fue determinante el impulso religioso, pues las tropas francesas no eran simples tropas de ocupación, sino que llegaron determinadas a imponer la ideología totalitaria de la revolución francesa que era anticatólica, manifiesta el escritor Jesús Villanueva Jiménez.
Tan determinante fue el amor a España y a la defensa de su independencia como el catolicismo que profesaba la inmensa mayoría de los españoles, que vieron como era ofendida la fe católica por parte de los invasores del ejercito napoleónico. Las ofensas al catolicismo por parte francesa y las faltas de respeto de oficiales y soldados durante las celebraciones religiosas en la Semana Santa de 1808 contribuyeron sobremanera a aumentar el hartazgo de los madrileños que reventó el 2 de mayo.  Aun conociendo los franceses la importancia que los españoles otorgaban a la Semana Santa, no cejaron en sus desplazamientos al acorde del estruendo de tambores y pífanos, incomodando sobremanera las celebraciones religiosas. Así como ofendían los soldados irrumpiendo sin contemplaciones en las iglesias sin descubrirse, mostrando actitudes irreverentes, hablando entre ellos en voz alta, durante las celebraciones Eucarísticas. Aquellas circunstancias constituían leña al fuego de la indignación del pueblo.