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El Greco · San Mauricio y la Legión Tebana |
“Apenas una década después del martirio de Mauricio, e incluso cuando la persecución de la Iglesia alcanzaba nuevas cuotas de feroz intensidad, la mano de Dios se preparaba para manifestarse de un modo totalmente inesperado. En el año 312 d. J.C., un aspirante al titulo de emperador que respondía al nombre de Constantino partió de la Galia, cruzó los Alpes y avanzo hacia Roma. La suerte no parecía estar a su lado. Sus enemigos no solo le superaban con creces en número, sino que habían tomado posesión de la capital. Pero un mediodía, al alzar la vista al cielo Constantino vio el resplandor de una cruz, que pudo contemplar todo su ejército, con la siguiente inscripción: “Con esta señal vencerás”. Esa noche, en su tienda, le visitó Cristo. De nuevo recibió la instrucción: “Con esta señal vencerás”. Constantino obedeció. Ordenó inscribir en el escudo de sus soldados “la señal divina de Dios”. Cuando entraron en combate a las puertas de Roma, Constantino venció. Dando la espalda a la tradición de todo un milenio, no ofreció sacrificio a esos demonios a los que los cesares habían adorado siempre como dioses. En su lugar, el gobierno del pueblo romano se fundamentó en una vía radicalmente nueva, en una en la que Dios llevaba mucho tiempo preparando para ese pueblo, de modo que le sirviera como instrumento y agente de su gracia, como un Imperium christianum. San Agustín cuenta que “la bondad de Dios enriqueció al emperador Constantino, que no tributaba adoración a los demonios, sino al mismo Dios verdadero, de tantos bienes terrenos cuantos nadie se atreviera a desear”. A cualquiera le cuesta cuestionar que su reinado no hubiera recibido la bendición divina. Constantino gobernó durante treinta y un años”, escribe Tom Holland en Milenio.







