En las redes sociales, el antiguo vinculo entre excelencia y prestigio puede romperse más fácilmente que nunca, por lo que, al seguir a las influencers que han cobrado fama por lo que hacen en el mundo virtual, los jóvenes suelen aprender formas de hablar, comportarse y exteriorizar sus sentimientos que pueden ser contraproducentes en una oficina, en casa o en otro entorno del mundo real. El auge de los medios de comunicación de masas en el siglo XX inicio esta disociación entre excelencia y prestigio. La expresión “famoso por ser famoso” se popularizó en la década de 1960, cuando fue posible que una persona corriente fuese conocida por el gran público, no por haber hecho algo importante, sino porque la habían visto millones de personas en televisión y después se habló de ella en unos cuantos ciclos de noticias.
Las redes sociales basadas en el prestigio han hackeado uno de los mecanismos de aprendizaje más importantes para los adolescentes, al distraer su tiempo, atención y comportamiento imitativo de una variedad de modelos de conducta con los que podrían desarrollar una relación de tutoría que los ayudaría a prosperar en sus comunidades del mundo real. En su lugar, desde el principio de las década de 2010, millones de chicas de la generación Z dirigieron colectivamente sus sistemas de aprendizaje más potentes a un pequeño número de mujeres cuya excelencia parece residir en acumular seguidores sobre los que ejercer su influencia.
Los trece años, la edad mínima actual para abrir una cuenta en las redes sociales (criterio que no siempre se cumple), es demasiado baja. Los niños de trece años no deberían ver infinitas publicaciones de influencers y otros desconocidos cuando su cerebro es tan receptivo y está buscando ejemplos en los que fijarse. Deberían estar jugando, sincronizándose y pasando el rato con sus amigos en persona, y así dejar espacio en los que les entra por los ojos y los oídos el aprendizaje social proporcionado por sus padres, profesores y otros modelos de conducta de su comunidad, escribe Jonathan Haidt, profesor de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York.
Los trece años, la edad mínima actual para abrir una cuenta en las redes sociales (criterio que no siempre se cumple), es demasiado baja. Los niños de trece años no deberían ver infinitas publicaciones de influencers y otros desconocidos cuando su cerebro es tan receptivo y está buscando ejemplos en los que fijarse. Deberían estar jugando, sincronizándose y pasando el rato con sus amigos en persona, y así dejar espacio en los que les entra por los ojos y los oídos el aprendizaje social proporcionado por sus padres, profesores y otros modelos de conducta de su comunidad, escribe Jonathan Haidt, profesor de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York.


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