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domingo, 21 de abril de 2019

Elocuencia

Elocuencia
La elocuencia, que nació antes que la retórica, así como las lenguas se formaron antes que la gramática, no es otra cosa que el talento de imprimir con fuerza y calor en el alma del oyente los afectos que tienen agitada la nuestra. Este talento nace de una sensibilidad rara de todo lo que es grande y verdadero; pues la misma disposición del alma, que nos hace susceptibles de una moción viva y profunda, basta para hacernos comunicar su imagen a los oyentes. La naturaleza hace elocuentes a los hombres en los grandes intereses, y en las pasiones fuertes, dos puntos que son la fuente de los discursos sublimes y verdaderos; por esto casi todas las personas hablan bien en la hora de morir. El que se conmueve ve las cosas con otros ojos que los demás hombres, para él todo es objeto de rápidas comparaciones, y de brillantes metáforas, y casi sin advertirlo transmite a los oyentes una parte de su entusiasmo.


Un escritor puede ser diserto, esto es, puede hacer un discurso fácil, claro, puro, elegante, y aun brillante, y no ser con todo esto elocuente, por faltarle el fuego y la fuerza. El discurso elocuente es vivo, animado, vehemente y patético quiero decir, mueve, eleva, y domina el alma así, suponiendo en un hombre facundo nervio en la expresión, elevación en los pensamientos, y calor en los afectos, haremos un escritor elocuente, decía Capmany y Montpalau.

jueves, 21 de marzo de 2019

Imaginación

Decía Capmany y Montpalau que la imaginación es aquel poder que cada uno tiene de representarse en su entendimiento las cosas sensibles. Esta facultad intelectual depende originalmente de la memoria, pues vemos los hombres, los animales, los montes, los valles, los ríos, los mares, los cielos y sus fenómenos. Estas percepciones entran por los sentidos, la memoria las retiene, y la imaginación las compone. Por esto los griegos llamaron a las musas hijas de la memoria. La imaginación, siempre que no se abusa de ella, es una de las bases del gusto, es necesaria al escritor que compone y al orador que conmueve; porque la fría razón, cuando no va acompañada, apaga el gusto en un escrito ameno y en el alma del oyente. Si la imaginación es mas permitido a la poesía que a la elocuencia, es porque el discurso oratorio debe apartarse menos de las ideas comunes y generales. Y como el orador en algún modo habla el lenguaje del mundo, la imaginación, que es lo esencial en la poesía, es lo accesorio en la oratoria.

La imaginación algunas veces es tan necesaria como la razón al hombre que ha de persuadir a los demás; porque en un discurso, no solo es necesario decir verdad, mas también revestirla de imágenes, para hacerla interesante a la imaginación de los oyentes. Si tuviésemos por oyentes o lectores puras inteligencias, u hombres mas racionales que sensibles, para agradarles bastaría exponerles sencillamente la verdad, y entonces el orador no se distinguiría del geómetra. Pero como en la mayor parte de los discursos se habla a hombres que no quieren oír sino lo que pueden imaginar, que creen no conocer sino lo que pueden sentir, se hace en algún modo necesario que el que habla se valga del auxilio de las imágenes, las cuales poniendo a la vista los objetos, sostienen la atención.