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miércoles, 14 de junio de 2023

Culto a la espada

El culto a la espada tiene diversas procedencias. Lo alentaba el budismo zen, que hacía hincapié en “dos ideales supremos, la fidelidad y la indiferencia a las privaciones físicas”, y se reforzó por efecto de la cultura de la clase guerrera, “una cultura que concedía meticulosa atención a lo formal, lo ceremonioso y lo elegante expresado en la vida y el arte”. El manejo japonés de la espada, igual que el del maestro de esgrima europeo, era un arte, una habilidad regida por reglas de porte y gesto que ejemplificaban la preocupación de los japoneses por el estilo en todos los aspectos de la existencia. Formaba parte de la creencia japonesa en la importancia de la unidad entre la naturaleza y las fuerzas naturales, ya que el esfuerzo muscular es natural, al contrario de la energía química de la pólvora. Respondía, sin lugar a dudas, al respeto japonés a la tradición, ya que no solo el manejo de la espada era tradicional, sino que las mejores espadas solían ser reliquias de familia con nombre propio, que pasaban de generación en generación como el apellido, el cual, en realidad, era una distinción reservada a los dueños de la espada. Estas espadas constituyen actualmente preciados objetos de coleccionista, pero son mucho más que bellas antigüedades; las espadas de samurái de primera calidad son las armas blancas mejores del mundo. He aquí el comentario de un historiador de la campaña contra la pólvora: Existe en Japón una película en la que se ve cómo una espada forjada por un famoso armero del siglo XV, Kanemoto II, corta el tambor de una ametralladora por la mitad. Si parece imposible, no hay que olvidar que los forjadores como Kanemoto martilleaban, doblaban y volvían a martillear un día y otro hasta que la hoja de la espada estaba formada por unos cuatro millones de capas de acero finamente forjado.

viernes, 8 de febrero de 2019

El amor por la belleza es fundamental para la naturaleza japonesa.


Pearl S. Buck, ganadora del Premio Nobel de Literatura, en su libro Gente de Japón cuenta que “en ese país la belleza está en todas partes. Se encuentra en todas partes en el Japón y donde quiera que haya japoneses. El amor por la belleza es fundamental para la naturaleza japonesa. El aislamiento condujo al desvío y el desvío se convirtió en guerra. Sin embargo, los largos períodos de deliberada reclusión no fueron completamente un mal. Proporcionaron tiempo a los japoneses para reflexionar sobre su propia manera de ser, para solidificar sus costumbres, para desarrollar su arte sin
par. Estuvieron desde luego, profundamente influidos por la naturaleza y el aspecto de sus hermosas islas. La belleza penetró en todos los espacios de sus vidas. En la casa más sencilla y más pobre del Japón tiene su espacio la belleza, un hueco en el que ha sido colgado un adorno de papel, con un florero debajo conteniendo quizá sólo una sola y sencilla flor. Hoy, el hogar japonés sigue teniendo ese hueco, ese adorno y esa flor. Las casas son conservadas escrupulosamente limpias y ordenadas. Desde luego, hay barrios miserables en las grandes ciudades y también amas de casa poco aseadas, pero éstas son muy pocas. La casa japonesa no se presta al desorden. Una habitación es usada para varios fines. Es sala, cuarto de estudio o biblioteca o estancia para recibir a los invitados durante el día y se convierte en dormitorio por la noche cuando los colchones y los cobertores acolchados son sacados del armario en que se guardan. Los suelos se mantienen inmaculados con sus cómodas y alegres esteras y los zapatos se dejan a la entrada de la casa. Los muebles casi no existen, una mesita baja o un pupitre, algunos cojines, una estantería para libros, y esto es todo. No hay nada que pueda crear desorden.
Los tabiques son plafones deslizantes y un cuarto puede hacerse mayor o menor según la conveniencia de quien lo usa. Una pared, en casi todas las casas japonesas, se desliza para mostrar un jardín pequeño, pero  exquisito, que es la prolongación de la casa. En una habitación hay un hueco y en él un rollo de papel, llamándose tokonoma a ese hueco. No hay dos rollos ni un cuadro de grandes dimensiones. Hay un pequeño ramillete de flores o quizás una simple rama esbelta, no un florero repleto de tallos cortados llenos de capullos abiertos. La naturaleza es adorada, pero ha sido dominada. La belleza del Japón es una belleza disciplinada, reflejo de un pueblo disciplinado, disciplinado y decidido. La poesía japonesa está contenida en breves versos y el drama Japonés es estilizado, casi ritual”.


miércoles, 28 de marzo de 2018

La floración del cerezo.

Se las denomina “Hanami”, y son las fiestas tradicionales durante las cuales japoneses y turistas colman calles y parques para asistir a la floración del cerezo, símbolo del país del Sol Naciente, donde se lo conoce como “sakura”. Justamente en estos días, la Japan Weather Association anuncia el inicio de la estación de la floración, e informa, para cada ciudad y región, cuándo será su inicio.  

En la cultura japonesa, la floración de los cerezos ha sido un
evento importante ya desde el siglo IX, cuando la aristocracia de la época (Heian 794-1185) se reunía bajo los árboles para contemplar las flores apenas éstas brotaban. Para los japoneses, la fragilidad y la breve vida de los pétalos, que no supera las dos semanas, es fuente de intensa emoción. Se trata del “mono no aware” (“el pathos de las cosas”). Una emoción que combina el estupor ante una gran belleza y la melancolía por su caducidad, símbolo de la fragilidad de la vida misma. Nacido en el contexto de las “novelas” de la época monogatari, el “mono no aware” también aparece en la literatura moderna y en las obras del premio Nobel de Literatura nipón-británico, Kazuo Ishiguro.


Hace tiempo que el evento atrae olas de turistas, iniciándose a mediados de marzo en ciertas áreas aisladas, y concentrándose en el área del Kyushu y del Honshu entre la última semana de marzo y la primera de abril.  En primavera, millones de turistas van a visitar los jardines y tesoros de Kioto, en particular, los templos de  Kiyomizudera, Kodaiji y el castillo Nijo.


jueves, 14 de diciembre de 2017

Los rebeldes exigen progreso, mientras los revolucionarios exigen destrucción.

Cuenta la Premio Nobel Pearl Buck que una de las características del pueblo japonés es la de aceptar la fatalidad sin rebelarse, cuando está convencido de que se trata de la fatalidad y procurar sacar alguna enseñanza de sus propias faltas. Así fue como en el siglo XIX, cuando resultaba evidente que el antiguo aislamiento no podía ser mantenido más tiempo ante un mundo en continua
período Meiji
transformación, se había encaminado rápida y firmemente hacia las reformas del período Meiji. De la misma manera aceptó la derrota cuando se empleó dos veces la bomba atómica, resolviendo utilizar la derrota como una lección para alcanzar su objetivo más inmediato, el de llegar a una pacífica edad de oro para el Japón e incluso para el mundo entero. Su grandeza ha quedado demostrada por su aptitud para reconocer la derrota como demostración de sus errores de juicio, para llevar a cabo en lo sucesivo una acción constructiva. 
Templo budista de Byōdō-in, Japón.
Que fuera capaz de poner de manifiesto semejante autodisciplina yo lo achaco, dice Pearl Buck, a su inquebrantable unidad nacional, basada en la estructura de su Gobierno. El pueblo japonés puede cambiar de dirección con rapidez y perfección cuando se convence de que es esencial el cambio. Los japoneses han sido y son rebeldes, pero no revolucionarios. Los rebeldes exigen progreso, mientras los revolucionarios exigen destrucción. Dentro de la firme estructura de la sociedad japonesa, los rebeldes son una fuerza permanente y efectiva, pero nadie quiere una revolución en el país.

El pueblo japonés puede cambiar de dirección con rapidez y perfección cuando se convence de que es esencial el cambio.

domingo, 5 de noviembre de 2017

La cultura japonesa es una mezcla admirable de lo mejor de las demás culturas y de la cultura indígena de su propio pueblo.

Japón.
Una gran parte de la opinión publica piensa que los japoneses son imitadores de los demás. Sin embargo en su libro Gente del Japón Pearl Buck narra que “nada más lejos de la verdad, ahora o antes. El pueblo del Japón está formado por investigadores y descubridores de lo mejor de cada cultura. Todo lo que han aprendido, lo han utilizado de una manera no imitativa, sino creativa, tomando lo que era útil para su manera de vivir, cambiándolo y adaptándolo de un modo nuevo. Su cultura es una mezcla admirable de lo mejor de las demás culturas y de la cultura indígena de su propio pueblo". La misma forma de investigación continúa hoy, dando por resultado que el Japón pueda codearse con los países más modernos del mundo. Éste es su genio y así ha sido siempre.