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miércoles, 14 de junio de 2023

Culto a la espada

El culto a la espada tiene diversas procedencias. Lo alentaba el budismo zen, que hacía hincapié en “dos ideales supremos, la fidelidad y la indiferencia a las privaciones físicas”, y se reforzó por efecto de la cultura de la clase guerrera, “una cultura que concedía meticulosa atención a lo formal, lo ceremonioso y lo elegante expresado en la vida y el arte”. El manejo japonés de la espada, igual que el del maestro de esgrima europeo, era un arte, una habilidad regida por reglas de porte y gesto que ejemplificaban la preocupación de los japoneses por el estilo en todos los aspectos de la existencia. Formaba parte de la creencia japonesa en la importancia de la unidad entre la naturaleza y las fuerzas naturales, ya que el esfuerzo muscular es natural, al contrario de la energía química de la pólvora. Respondía, sin lugar a dudas, al respeto japonés a la tradición, ya que no solo el manejo de la espada era tradicional, sino que las mejores espadas solían ser reliquias de familia con nombre propio, que pasaban de generación en generación como el apellido, el cual, en realidad, era una distinción reservada a los dueños de la espada. Estas espadas constituyen actualmente preciados objetos de coleccionista, pero son mucho más que bellas antigüedades; las espadas de samurái de primera calidad son las armas blancas mejores del mundo. He aquí el comentario de un historiador de la campaña contra la pólvora: Existe en Japón una película en la que se ve cómo una espada forjada por un famoso armero del siglo XV, Kanemoto II, corta el tambor de una ametralladora por la mitad. Si parece imposible, no hay que olvidar que los forjadores como Kanemoto martilleaban, doblaban y volvían a martillear un día y otro hasta que la hoja de la espada estaba formada por unos cuatro millones de capas de acero finamente forjado.

sábado, 25 de marzo de 2017

La carta de comida.

Enrique VIII
A Enrique VIII le gustaba comer. Una vez fue a cenar a la casa de un duque. Los demás invitados se dieron cuenta de que el rey no apartaba la vista de una hoja de papel que estaba sobre la mesa, a la que miraba una y otra vez antes de volver a prestar atención a la comida. Los lores allí reunidos, los condes y duques no podían explicárselo. Aquél debía de ser un documento de suma importancia, pensaron, tan importante como para que Su Majestad necesitara leerlo durante la cena. Después de la comida, sin embargo, el rey dejó aquel pliego de papel encima de la mesa y se retiró al salón. Los comensales se agruparon en torno a la mesa pero, cuál no sería su sorpresa al ver que aquel pedazo de papel no contenía ningún secreto de Estado, sino los nombres de unos pocos platos. Los mismos que acababan de comer. 
El anfitrión los había escrito en aquel folio y se lo había entregado al rey. Todos dijeron:Qué idea tan estupenda. De ese modo no tienes que aprenderte de memoria esos aburridos nombres ni lamentarlo luego, cuando algo parece sabrosísimo y no lo es. Si sabes de antemano, puedes decidir lo que vas a comer y lo que no, de cuál plato comer más y de cuál comer menos.Y ésos fueron los inicios de la carta.