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miércoles, 18 de marzo de 2020

Todas las lenguas tienen nombres y verbos



“Todas las lenguas tienen nombres y verbos”. Este universal reconoce que en todas las lenguas hay elementos para hablar de las cosas y las personas, así como de las acciones y acontecimientos. Son, decía Edward Sapir, uno de los genios indiscutibles de la lingüística del siglo XX “la moneda natural de la comunicación”. Sin embargo las lenguas presentan modelos nominales y verbales diferentes. En español, los nombres tienen variación de número (y algunos, también de género); en inglés no hay variación de género; en suahelí los nombres tienen siempre prefijos que indican el número y, además, la clase semántica a la que pertenecen; en chino, los nombres son completamente invariables. En cuanto a los modelos verbales, hay lenguas, como las románicas, con una gran variedad de formas; en cambio, el verbo inglés tiene una morfología más limitada (que compensa con marcas modales y adverbiales), escribe el lingüista y catedrático español Jesús Tuson.

Jesús Tuson
Añade el profesor Tuson que pesar de las diferencias evidentes entre las lenguas, todas tienen un conjunto de rasgos en común (los universales lingüísticos). Así, cuando alguien empieza la tarea de aprender una lengua nueva, nunca ha de partir desde cero. De alguna manera, ya sabe muchas de las estructuras que encontrará en ella. La síntesis entre la identidad y la diversidad de las lenguas fue realizada de manera magistral por el filósofo medieval Roger Bacon con estas palabras: la gramática solo es una sola, y es la misma, en todas las lenguas en cuanto a lo esencial; aunque pueda presentar diferencias accidentales.

sábado, 25 de marzo de 2017

La carta de comida.

Enrique VIII
A Enrique VIII le gustaba comer. Una vez fue a cenar a la casa de un duque. Los demás invitados se dieron cuenta de que el rey no apartaba la vista de una hoja de papel que estaba sobre la mesa, a la que miraba una y otra vez antes de volver a prestar atención a la comida. Los lores allí reunidos, los condes y duques no podían explicárselo. Aquél debía de ser un documento de suma importancia, pensaron, tan importante como para que Su Majestad necesitara leerlo durante la cena. Después de la comida, sin embargo, el rey dejó aquel pliego de papel encima de la mesa y se retiró al salón. Los comensales se agruparon en torno a la mesa pero, cuál no sería su sorpresa al ver que aquel pedazo de papel no contenía ningún secreto de Estado, sino los nombres de unos pocos platos. Los mismos que acababan de comer. 
El anfitrión los había escrito en aquel folio y se lo había entregado al rey. Todos dijeron:Qué idea tan estupenda. De ese modo no tienes que aprenderte de memoria esos aburridos nombres ni lamentarlo luego, cuando algo parece sabrosísimo y no lo es. Si sabes de antemano, puedes decidir lo que vas a comer y lo que no, de cuál plato comer más y de cuál comer menos.Y ésos fueron los inicios de la carta.