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domingo, 14 de enero de 2024

El Escorial y la batalla de San Quintín

En su Carta de Fundación del Escorial, emitida el 22 de abril de 1567, cuatro años después de haberse iniciado su construcción, el rey Felipe II declaró que dicho edificio estaría dedicado a san Lorenzo, en cuya festividad, el 10 de agosto de 1557, sus fuerzas habían obtenido una famosa victoria. Por esta razón, la iglesia del Escorial fue consagrada a san Lorenzo, y la primera reliquia importante depositada en su altar fue una pierna del santo.Es digno de atención (teniendo en cuenta que la gesta le fue atribuida en repetidas ocasiones a España) es el escaso número de tropas y oficiales españoles involucrados en la batalla. En realidad, la campaña fue un acontecimiento memorable porque Felipe, que participó en ella durante las etapas finales, fue el último rey de España que intervino personalmente en una acción militar. Estos hechos confieren una significación única a dicha acción, a sus consecuencias y al papel que desempeñó en la historia posterior de la monarquía. Sabemos muy poco acerca de esta famosa batalla, que repetidas veces ha sido declarada como una de las victorias militares más destacadas de España, pero que curiosamente ni un solo historiador español ha estudiado. Aparte de la descripción ofrecida en la biografía de Felipe II, escrita por Cabrera de Córdoba en 1609 aproximadamente una década después del fallecimiento del rey, y que no se publicó como una obra completa hasta el siglo XIX, dicha batalla ha sido relegada al olvido como acontecimiento histórico y solo se ha invocado con propósitos ideológicos.

Rendición del ejército francés en San Quintín, por Luca Giordiano.

El martes 10 de agosto, fiesta de San Lorenzo, el condestable, con un contingente de infantería y caballería de aproximadamente veintidós mil hombres, avanzó hacia las posiciones de Saboya frente a San Quintín. En una acción breve pero sangrienta, el Ejército de Flandes, bajo el mando de Saboya y Egmont, infligió una derrota aplastante a las fuerzas del condestable. Un contemporáneo estimaba la cifra de muertos del ejército francés en 5.200, y posiblemente en 7.000 la de prisioneros. Aparentemente, en el ejército de Saboya solo quinientos hombres habían perdido la vida. La inusual cantidad de franceses muertos fue atestiguada por el médico Ambroise Paré, enviado al lugar por el propio rey de Francia para que atendiese a los heridos. El rey, acompañado por las tropas inglesas, tres mil belgas y quinientos españoles, llegó al campamento el día 13, pero sin mostrar indicios de sentirse defraudado. Se le había entregado en mano una de las victorias militares más brillantes de su tiempo. En el campo de batalla, frente a San Quintín, “acompañado por los príncipes y comandantes de su ejército ataviados con sus galas militares” y flanqueado por los estandartes franceses capturados, procedió despacio entre dos largas filas de distinguidos prisioneros y mostró su respeto a cada uno de ellos. Una leyenda creada mucho tiempo después por escritores españoles proclamaba como propia dicha victoria. Nada más lejos de la realidad. Esta batalla no se entabló en nombre de España, que no se encontraba en guerra con Francia. Se entabló en nombre del soberano de los Países Bajos. El control de la campaña no se depositó en manos de España ni de su Consejo de Guerra, sino del Consejo de los Países Bajos, que, según demuestran los documentos, tomó las decisiones. El rey consultó con oficiales de Bruselas y siguió sus directrices; el Consejo de Guerra de España no intervino. Es más, el presupuesto para la campaña lo controló Bruselas, en vez de España.
Gracias a las victorias de San Quintín y Gravelinas se puso freno al poderío francés en Europa occidental.El único artista de renombre que realizó un cuadro inspirado en la contienda fue Tiziano, uno de los pintores oficiales de Felipe II, que se lo encargó para conmemorar la ocasión. A petición del soberano, pintó (1559) un retrato estilizado de san Lorenzo, al que más tarde se adjudicó un lugar prominente en el altar de la basílica del Escorial.
Referencia: El enigma del Escorial  de Henry Kamen


lunes, 9 de julio de 2018

Colombia.

Colombia es una  nación, rica en recursos naturales (producción agrícola: ocupa el tercer puesto del mundo en biodiversidad; o mineros: oro, plata, esmeraldas, petróleo), ha sido sacudida en las últimas décadas por dos pesadillas que ya parecen indesarraigables, la guerrilla y el narcotráfico. La guerrilla, movida en un principio por un afán de justicia social y de reparto de tierras (las FARC, de carácter comunista, nacieron en 1963, el ELN, de inspiración maoísta, en 1965, el M 19, en 1970), alcanzó su máxima virulencia por los años 80 y 90, siempre en ambientes campesinos. Sus afanes liberadores derivaron en el pillaje, por venganza y muchas veces para proveerse de medios de subsistencia; de suerte que los campesinos, en lugar de resultar redimidos por los guerrilleros, se vieron en tal situación de inseguridad, y privados de sus cosechas, que huyeron a bandadas a las grandes ciudades. Bogotá pasó en veinte años de tres a diez millones de habitantes, con la aparición de barrios marginales y miserables, fuente a su vez de delincuencia. 

El presidente Belisario Betancur (1982-1986) declaró una
amnistía general de los presos políticos, a cambio del cese de las hostilidades guerrilleras; al principio tuvo cierto éxito, y hasta uno de los movimientos, el M 19, se convirtió en partido político; pero por 1987 se registró una nueva movilización guerrillera, contra la que lucharon con distinto éxito César Gaviria (1990-1994), Ernesto Samper (1994-1998), Andrés Pastrana (1998-2002) y Álvaro Uribe (desde 2002), este último ha seguido una política que combina las conversaciones con la acción militar. 

El otro mal de Colombia es la proliferación del narcotráfico, cuenta Jose Luis Comellas. La hoja de coca se cultivaba preferentemente en Ecuador o Bolivia, pero algunos activos negociantes de Medellín desarrollaron industrialmente su cultivo y su refinado en cocaína, a comienzos de los años 70, atraídos en parte por la creciente afición a las drogas entre la juventud norteamericana, tras la guerra de Vietnam.
El cártel de Medellín,una ciudad industrial y empresarial, la más activa y emprendedora de Colombia, alcanzó un poder inmenso, encabezado por Pablo Escobar, que se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo, y se permitió desafiar personalmente al gobierno; gozó fama de generoso por sus propinas con el fin de ganarse amigos, y por el empleo que dio con el cultivo de la coca a miles de campesinos que ganaban modestos salarios para alimentar un negocio que movía miles de millones. Escobar llegó a poseer una extensa red de distribución por gran parte de los países del mundo, especialmente Europa y América. Muerto violentamente en 1993, el cártel de Medellín perdió fuerza en beneficio del de Cali, menos agresivo y espectacular, pero que con su secretismo extendió a partir de entonces sus tentáculos. El Estado colombiano, a pesar de sus esfuerzos, no consiguió erradicar estas dos plagas. Por razón de la dificultad de controlar el territorio y la enorme cantidad de dinero negro que se generaba y circulaba, el sector público colombiano ingresaba por impuestos una cantidad muy pequeña respecto de lo que le hubiera correspondido, y ha sido por ello durante años mucho más débil que ciertos elementos, en gran parte al margen de la ley, del sector privado. El resultado fue su incapacidad para combatir la guerrilla y las mafias y para imponer en todas partes el imperio de la ley. Se da el caso de que las tropas guerrilleras (y también los paramilitares que hacen la guerra por su cuenta y complican más el panorama) poseen armas más modernas y sofisticadas que el ejército o la policía.