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martes, 17 de abril de 2018

El crecimiento de la web ha eclipsado a los medios convencionales.


Enrique Dans, profesor de Sistemas de Información, escribe que el crecimiento de la web ha empezado ya a eclipsar a los medios convencionales unidireccionales con una marcada virulencia. En el Reino Unido, durante el primer semestre del año 2009 la inversión publicitaria en Internet superó a la realizada en televisión por primera vez, poniendo fin a una hegemonía que había durado más de cuarenta años. Un crecimiento del 4,6% llevó la inversión publicitaria en Internet hasta los 1.750 millones de libras, un 23,5% del total invertido, superando a una televisión que, con una caída del 17%, se situaba en los 1.600 millones, un 21,9%. En Dinamarca, ese mismo evento había tenido lugar durante el segundo semestre de 2008. La cuestión, en realidad, es tan sencilla como la elección entre un canal unidireccional y
otro bidireccional. El que el segundo creciese más que el primero era simplemente una cuestión de penetración de uno frente al otro, la publicidad en Internet no garantizaba la universalidad ni la llegada a determinados segmentos demográficos, y de madurez del mercado publicitario. A medida que el uso de Internet alcanza un porcentaje cada vez mayor de la población, los anunciantes van dándose progresivamente cuenta de que un canal ofrece más posibilidades que el otro en todos los sentidos, y operan en consecuencia.

Por otro lado, manifiesta Dans, la publicidad en la red permite segmentaciones infinitamente mejores, impactos de mucha mejor calidad, mediciones extremadamente más fieles y respuestas en muchos casos inmediatas, además de permitir la entrada de anunciantes de todo tipo, incluso los más pequeños. Superar a una televisión cuyos formatos no han evolucionado prácticamente nada desde sus inicios y en la que tanto la cualificación de la audiencia como la medición de resultados se realizan mediante someros muestreos era, simplemente, una cuestión de tiempo y de lógica.

viernes, 9 de marzo de 2018

La gente que no se aventura mar adentro conoce tan solo la mitad de la vida.

En un articulo sobre The Dénouement of Nihilism, Edward Townsend Booth caracteriza a la generación nacida a finales de los ochenta como enferma de una parálisis de la voluntad o, como él mismo dice, “si aún les queda un resto de iniciativa, emigran a Europa o a las islas de los mares del Sur, o bien se arrastran hasta algún rincón tranquilo de los Estados Unidos, pero la mayoría se queda en el mismo lugar donde cayeron llevando una existencia de muertos vivientes”.

Frente a los continuos obstáculos y dificultades (el viento y
Lewis Mumford
el clima, los impulsos de otros hombres y las costumbres superadas por el tiempo), existen, a grandes rasgos, tres formas en las que un hombre puede reaccionar: salir corriendo, mantener el tipo o atacar, dice Lewis Mumford.

La gente que no se aventura mar adentro paga el precio de no haber sentido nunca el fulgor del peligro y, en el mejor de los casos, conoce tan solo la mitad de la vida. Lo que ese tipo de gente podría llamar vida buena sencillamente no es lo bastante buena. Y añade Mumford que no podemos contentarnos sólo con un segmento de vida, al margen de lo seguros y adaptados a ella que estemos, cuando con un pequeño esfuerzo podríamos trazar el círculo completo.