Mostrando entradas con la etiqueta pasión del poder. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pasión del poder. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de octubre de 2026

El hombre es capaz de ver el bien y hacer el mal

El hombre no es solo débil, capaz de ver el bien y hacer el mal por pasión, por seducción, sino también capaz de ver el bien, de percibir la luz divina y pecar contra ella, fríamente, lucidamente. El hombre actúa, no porque los dioses se empeñen en hacerla pecar, como pensaban los antiguos griegos, sino porque le domina la pasión del poder. Se cree invulnerable, y en esa creencia reconocemos el endurecimiento que se apodera de los grandes criminales y les lleva a su perdición, en un falso sentimiento de poder. El cielo se cierra sobre ellos, han matado a la luz.
En las obras de Shakespeare podemos ver la universal malicia de los hombres, una malicia fría, lúcida, por ambición, o lo que es peor, por amor al mal por el mal, por el placer de caricaturizar a Dios. Frente a ese mundo de los poderosos, donde reinan la lujuria y la guerra, y lo que es peor, la hipocresía, hay la ingente muchedumbre de los débiles; los humillados, que pecan por flaqueza y hayan misericordia ante Dios.


Referencia: Sabiduría griega y paradoja cristiana de Charles Moeller


miércoles, 1 de agosto de 2018

Cleopatra.

Busto de Cleopatra 
Cleopatra, contra lo que dice la versión popular moderna, era de Macedonia y griega de origen, de inteligencia notable, poliglota capaz de tratar con extranjeros por sí sola, versada en literatura y filosofía, perspicaz en lo referente a la administración y de una voluntad imperiosa que imponía sin piedad. No la obsesionaba la pasión del amor, que empleaba como un medio, sino la pasión del poder, por mediación del cual esperaba lograr su ideal. De los sucesores de Alejandro, tan sólo ella seguía con su sueño de la fusión del Occidente con el Oriente y de la unidad de la humanidad. Su audaz plan consistía en utilizar un ejército romano para sojuzgar a Roma y después, como emperatriz, divina y suprema, gobernar el mundo. El grado de su influencia y habilidad puede apreciarse considerando la destreza y la propaganda requeridas para atraer a su causa a generales de la antigua tradición y a legionarios de origen occidental. Los partidarios de Octavio, para inflamar el odio de Occidente, solían describir a Cleopatra como una tirana egipcia, personificación divina de los dioses animales del Nilo, y hundida en todas las depravaciones orientales; pero sus jefes sabían la verdad y no la menospreciaban. Los romanos podían a veces odiar a sus enemigos; pero cuando hablan de Aníbal y de Cleopatra se sienten arrastrados por un odio especial, un odio no exento de temor, explica Reginald H. Barrow en su libro Los Romanos.