El hombre no es solo débil, capaz de ver el bien y hacer el mal por pasión, por seducción, sino también capaz de ver el bien, de percibir la luz divina y pecar contra ella, fríamente, lucidamente. El hombre actúa, no porque los dioses se empeñen en hacerla pecar, como pensaban los antiguos griegos, sino porque le domina la pasión del poder. Se cree invulnerable, y en esa creencia reconocemos el endurecimiento que se apodera de los grandes criminales y les lleva a su perdición, en un falso sentimiento de poder. El cielo se cierra sobre ellos, han matado a la luz.
En las obras de Shakespeare podemos ver la universal malicia de los hombres, una malicia fría, lúcida, por ambición, o lo que es peor, por amor al mal por el mal, por el placer de caricaturizar a Dios. Frente a ese mundo de los poderosos, donde reinan la lujuria y la guerra, y lo que es peor, la hipocresía, hay la ingente muchedumbre de los débiles; los humillados, que pecan por flaqueza y hayan misericordia ante Dios.
Referencia: Sabiduría griega y paradoja cristiana de Charles Moeller
