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viernes, 12 de enero de 2018

Cuando existe el derecho de deshacerse y reemplazar un objeto que ya no satisface plenamente.

inestabilidad de los deseos
La inestabilidad de los deseos, la insaciabilidad de las necesidades, y la resultante tendencia al consumismo instantáneo y a la instantánea eliminación de sus elementos, están en perfecta sintonía con el nuevo entorno líquido en el que se inscriben hoy por hoy los objetivos de vida y al que parecen estar atados en un futuro cercano. Un moderno entorno líquido resiste toda planificación, inversión y acumulación a largo plazo. De hecho, despoja a la postergación de la gratificación que provocaba su antigua carga de prudencia, circunspección y, ante todo, buen juicio. La mayoría de los objetos valiosos pierden rápidamente su lustre y su atractivo, y si hay procrastinación, lo más probable es que terminen en la basura incluso antes de haber producido alguna satisfacción. Y cuando la movilidad y la habilidad para atrapar una oportunidad al vuelo se convierten en una cualidad muy estimada, las grandes posesiones se parecen más a un pesado lastre que a una preciada carga.

Dice Zygmunt Bauman que una vez que se ha extendido a las relaciones de pareja el derecho (y la obligación) que uno tiene de deshacerse y reemplazar un objeto que ya no lo satisface plenamente, las partes pasan a tener el rango de objetos de consumo. Paradójicamente, pasan a tener ese rango como consecuencia de su lucha por ganarse y monopolizar los privilegios del consumidor soberano. Obviamente, una “pura relación” focalizada en la utilidad y la gratificación está en las antípodas de la amistad, la dedicación, la solidaridad y el amor, de esas relaciones de “nosotros dos” consideradas como la argamasa del edificio de la unión humana. Y son relaciones “puras” porque no tiene ingredientes éticos adicionados. Una “pura relación” es atractiva porque desligitima preguntas como (citando a Ivan Klima) “¿Dónde está el límite entre el derecho a la felicidad personal y a un nuevo amor, por un lado, y al desenfreno hedonista que destrozaría a la familia y a los hijos, por el otro?” En definitiva, el atractivo está en haber declarado que las relaciones humanas se pueden atar y desatar porque son actos moralmente “adiafóricos” (neutros, indiferentes). Como consecuencia, los actores resultan exonerados de toda responsabilidad sobre el otro, esa responsabilidad incondicional que el amor, en las buenas y en las malas, promete y se compromete a construir y preservar. “La creación de una buena relación, mutua y duradera”, en franca oposición con la búsqueda de gratificación a través de objetos de consumo, “demanda un esfuerzo enorme”, situación que la “pura relación” rechaza de plano, en nombre de otros valores entre los cuales no figura ni remotamente ninguna responsabilidad ética hacia el otro.

miércoles, 3 de enero de 2018

Empleados flotantes, desapegados, flexibles y sin ataduras.

Arlie Russell Hochschild 
Después de haber pasado varios años observando bien de cerca el cambiante entramado laboral en los sectores más avanzados de la economía estadounidense, Arlie Russell Hochschild ha descubierto y documentado ciertas tendencias con asombrosas similitudes con las de Europa, descritas detalladamente por Luc Boltanski y Eve Chiapello como parte del “nuevo espíritu del capitalismo”. Y el más trascendente entre esos hallazgos es la decidida preferencia de los empleadores por los empleados flotantes, desapegados, flexibles y sin ataduras, empleados “generales” (del tipo “todo terreno” y no los especializados y sujetos a una capacitación específica y restrictiva) y en definitiva descartables. En palabras del propio Hochschild: Un nuevo término, “lastre cero”, viene circulando silenciosamente por Silicon Valley, corazón de la revolución informática de los Estados Unidos. Originalmente se aplicaba al movimiento sin rozamiento de un objeto, como un rulemán o una bicicleta. Más tarde fue empleado para referirse a los empleados que, sin importar los incentivos económicos, cambiaban de empleo con total facilidad. En la actualidad se ha convertido en sinónimo de “sin compromisos u obligaciones”. Un empleado informático puede referirse a un colega elogiosamente diciendo que tiene “cero lastre”, vale decir, que está disponible para aceptar tareas extra, responder a situaciones de emergencia, o ser reasignado y reubicado en cualquier momento. Según Po Bronson, investigador de la cultura del Silicon Valley: “El lastre cero es lo óptimo. A algunos postulantes les han llegado incluso a preguntar por su ‘coeficiente de lastre’”.



El empleado ideal sería una persona que no tenga lazos, compromisos ni ataduras emocionales preexistentes y que además las rehúya a futuro. Una persona dispuesta a aceptar cualquier tarea y preparada para reajustar y reenfocar instantáneamente sus inclinaciones, abrazar nuevas prioridades y abandonar las ya adquiridas lo antes posible. Una persona acostumbrada a un entorno en el que “acostumbrarse”, a un empleo, a una habilidad, o a una determinada manera de hacer las cosas, no es deseable y por lo tanto es imprudente. Finalmente, una persona que deje la empresa cuando ya no se la necesita, sin queja ni litigio. Una persona, en definitiva, para quien las expectativas a largo plazo, las carreras consolidadas y previsibles y toda otra forma de estabilidad resulten todavía más desagradables y atemorizantes que la ausencia de ellas, escribe Zygmunt Bauman.