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viernes, 16 de octubre de 2026

No es de las cosas de donde podemos extraer la verdad

“Todo lo que los sentidos del cuerpo alcanzan, lo que llamamos lo sensible, no por un instante deja de cambiar. El que los cabellos crezcan en la cabeza, que el cuerpo envejezca o esté lozano en la juventud, está en un perpetuo devenir y jamás se interrumpe. Ahora bien, lo que no permanece incambiado no puede ser percibido. Percibir es comprender por la ciencia, y no se puede comprender lo que no cesa de cambiar. No debemos esperar, pues, que los sentidos corporales nos entreguen la verdad de su pureza”, escribe San Agustín.
La verdad es necesaria e inmutable; en el orden sensible no se encuentra nada necesario e inmutable, de modo que no es de las cosas de donde podemos extraer la verdad. Dice San Agustín que “todo lo que toco por mis sentidos corporales, ese cielo o esta tierra, por ejemplo, o todos los demás cuerpos que puedo percibir, no sé cuanto tiempo existirá; pero siete más tres hacen diez, y no solo ahora sino siempre, y no hay modo de que siete más tres hayan podido alguna vez no hacer diez, ni que alguna vez dejen de hacer diez”. Por ahí vemos de que existe una ciencia necesaria y que su origen no puede encontrarse en la contingencia de lo sensible.      
En relación al hombre, la verdad está sobre todo en el intelecto humano, pero absolutamente hablando está en el intelecto divino. Hay una sola verdad de todas las cosas, en el sentido que la verdad del intelecto divino es una, y de ella derivan las múltiples verdades de las cosas particulares, aunque sin embargo, hay una verdad propia en cada cosa, que le pertenece con el mismo título que su entidad. Comunicada a todo ser por Dios, le es inseparable, puesto que las cosas solo subsisten porque el intelecto divino las produce en el ser. La acción creadora divina, engendrando los seres, les comunica por eso mismo una verdad que les es inherente, diría San Anselmo.
¿Queda una verdad cuando las cosas mismas se destruyen? Sí, podría decir Santo Tomás, la del intelecto divino subsiste, pero la verdad relativa de las cosas desaparece con ellas o con el intelecto humano que solo puede percibirla.


Referencia: El espíritu de la filosofía medieval de Etienne Gilson