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viernes, 17 de octubre de 2025

Podemos elegir la clase de día que queremos pasar


Cuando elegimos amar el trabajo que desempeñamos, todos los días podemos alcanzar el máximo de felicidad, sentido y satisfacción. ¿Eso es importante?, se pregunta Harry Paul en su libro Fish. Es increíblemente importante, responde Paul, sobre todo si pensamos que buena parte de la población dedica el 75 por ciento de su vida adulta, durante la vigilia, a actividades relacionadas con el trabajo. Prepararse para ir al trabajo, dirigirse al trabajo, trabajar, pensar en el trabajo y relajarse después del trabajo. Si le dedicamos tanto tiempo, deberíamos poder disfrutar con ello y sentirnos llenos de energía. Sin embargo hay demasiada gente que dedica todos ese tiempo al trabajo a cambio de satisfacer sus necesidades en otra parte; “gracias a Dios que es viernes” sigue siendo una forma de vida para mucha gente.
Podemos venir de mal humor y tener un día deprimente. Podemos mostrarnos antipáticos e irritarnos con los compañeros y los clientes. O traer una actitud alegre y desenfadada y pasar un día fantástico. Podemos elegir la clase de día que queremos pasar.

lunes, 11 de mayo de 2020

No abandonemos los vastos campos de la libertad para perdernos en regiones desoladas, hostiles, sombrías y deprimentes



El 25 de enero de 1937, Winston Churchill pronunció un discurso durante la cena anual de la Cámara de Comercio en Leeds. En su alocución trató de lo que el comunismo y el nacionalsocialismo tenían en común: “El nazismo y el comunismo son dos religiones ateas. Desde el continente y otros lugares se nos insta a elegir de qué lado estamos. Yo las repudio a ambas, y no quiero tener nada que ver con ninguna de ellas. En realidad, son como dos gotas de agua. Tweedledum y Tweedledee eran completamente distintos comparados con ellas. Es como sustituir a Dios por el mal. El amor por el odio. Yo he tomado una decisión. He madurado. He decidido que ni en geografía ni en política me iré nunca al polo norte ni al polo sur. Prefiero una zona templada. Prefiero Londres, París o Nueva York. Mantengámonos fieles a nuestra fe y vayamos y quedémonos allí donde la policía secreta no hiele el aliento de nuestras palabras. No abandonemos los vastos campos de la libertad para perdernos en esas regiones desoladas, hostiles, sombrías y deprimentes.” Churchill había identificado algunos de los elementos clave que el nazismo y el comunismo tenían en común; la antipatía hacia la religión trascendental, el malévolo papel de la policía secreta y una ideología que organizaba el odio de las masas, ya fuera al capitalismo, a la democracia liberal o a razas y clases sociales enteras.

martes, 22 de enero de 2019

El lenguaje y la corrección política.

La corrección política es una doctrina idealista, supone que podemos influir en que el racista, el machista o el desaprensivo dejen de pensar como lo hacen si nosotros, que no somos ninguna de esas cosas, nos expresamos de otra manera y los obligamos a expresarse de otra manera a ellos.

Escribe Soto Ivars que los izquierdistas partidarios de la corrección política omiten una evidencia, la realidad es tozuda y está llena de situaciones humanas deprimentes. Ser negro no es deprimente, aunque puede serlo si llegas a Europa en una patera. En cambio, ser racista, tener miedo a la gente de otras razas, sí es deprimente. La corrección política trata de suavizar lo primero y falla en la asignación del término racista, que dispara contra todos aquellos que usen determinadas expresiones.
Así durante la Primera Guerra Mundial, el colapso psicológico de los soldados se llamó neurosis de guerra (shell shock), simple, honesta, contundente. Cuando la siguiente generación combatió en la Segunda Guerra Mundial, la enfermedad con la que volvían era la misma, pero la llamaron fatiga de batalla (battle fatigue), mucho más suave.
Entonces estalló la guerra de Corea y una nueva capa de eufemismo rebautizó el mal como agotamiento operacional (operational exhaustion), que ya sonaba como algo que podría pasarle a tu coche. Pero al fin, tras la guerra de Vietnam, esa misma enfermedad, cuyas víctimas se habían multiplicado en las selvas tropicales, alcanzó el grado máximo de eufemismo, la máxima desconexión con la realidad, y fue llamada desorden de estrés postraumático (post-traumatic stress disorder).