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lunes, 14 de agosto de 2017

En el siglo XVI había unos sesenta mil esclavos en España.


España, con Portugal y el sur de Italia, eran los únicos países europeos que tenían un número considerable de esclavos. Puede que en la segunda mitad del siglo XVI llegaran a sesenta mil, la mitad en Andalucía. 

Los negros recibían sin dificultad el bautismo, los musulmanes eran más difícilmente asimilables. Se repartían entre el servicio doméstico y varios trabajos y ocupaciones manuales. Los peor tratados eran los esclavos estatales, empleados en las minas, las galeras o la construcción de fortificaciones. Los esclavos particulares podían alcanzar mejores situaciones; su condición dependía en gran parte de la de sus amos. Se
consideraba obra piadosa concederles la libertad al hacer
testamento, pero muchas veces, bajo esta aparente generosidad, se escondía el deseo de desembarazarse de un viejo servidor. Hubo en Andalucía bastantes cofradías de esclavos y libertos, marcos de integración y promoción social. El número de esclavos disminuyó mucho con la separación de Portugal, que era la principal proveedora. Desde fines del siglo XVII ya no era más que un fenómeno residual.

jueves, 2 de marzo de 2017

Al Ejército de Flandes se le conoció siempre como “el Ejército Católico”

La avinagrada monja que escribió
s’Hertogenbosch
el relato de la estancia de los españoles en s’Hertogenbosch después de 1568 anotó todos los crímenes que razonablemente podían imputarse a los soldados, pero tuvo que admitir que “tenían un gran respeto por el Santísimo Sacramento y eran devotos en las iglesias y favorecían al clero y no le hacían daño”. Al Ejército de Flandes se le conoció siempre como “el Ejército Católico”; era el ejército del “Rey Católico”. 

Geoffrey Parker 
Cuenta el historiador británico Geoffrey Parker que en 1589 se estableció entre los soldados por bula papal una “Cofradía del Santísimo Sacramento”, y pronto se desarrollaron otras asociaciones religiosas para soldados, particularmente en las guarniciones de ciudad. Los enemigos se sorprendían siempre ante las muchas efigies religiosas, crucifijos, Agnus Dei y otras reproducciones parecidas que llevaban los españoles muertos en combate; mandas de muchos soldados a cofradías y monasterios que ellos apadrinaban y el dinero dejado para buenas obras y para distribuir en limosnas son testimonio de piedad, por lo menos, en el lecho de muerte. El soldado tenía que vivir con
el peligro diario de una muerte violenta y repentina; no debe extrañar que mantuviera fija la mirada en la posibilidad de ganar un más allá confortable en el que su iglesia le enseñaba a esperar. La caridad y la piedad estaban de hecho íntimamente asociadas entre las tropas con el temor a la muerte. En otras ocasiones se comportaban como brutos.