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martes, 22 de enero de 2019

El nacimiento del derecho de veto y las leyes escritas.

Para los plebeyos, Roma no era su ciudad, y en 494 antes de Cristo decidieron abandonar Roma y fundar una nueva ciudad a cinco kilómetros al este. Los patricios, que no
Menenio Agripa
podían permitirse perder una parte tan grande de la población, tuvieron que negociar. Según la leyenda, los plebeyos fueron llevados de vuelta por las palabras de un patricio romano llamado Menenio Agripa, quien les contó el cuento de la rebelión de las partes del cuerpo contra el vientre. Según esta fábula, los brazos se quejaban de tener que hacer solos toda la tarea de levantar cosas, las piernas de ser las únicas que caminaban, las mandíbulas de tener que masticar ellas solas, el corazón de tener que latir sólo él, etcétera, mientras el vientre, que no hacía nada, recibía todo el alimento. El vientre respondió que, si bien recibía el alimento, lo repartía a través de la sangre a todas las partes del cuerpo, que de otro modo no podría sobrevivir. La analogía consistía en que, si bien los patricios ocupaban todos los cargos, usaban su poder para gobernar juiciosamente la ciudad, de lo cual se beneficiaban todos. Se llegó a un acuerdo por el cual los plebeyos tendrían funcionarios elegidos por el voto de los plebeyos y que representarían solamente a los plebeyos. Esos funcionarios fueron llamados tribunos (nombre dado originalmente a los jefes de una tribu). Su misión era
Tribuno de la plebe.
proteger los intereses de los plebeyos e impedir que los patricios aprobasen leyes que fuesen injustas. Los tribunos obtuvieron el poder de suspender las leyes que desaprobaban gritando «¡Veto!». Ni todo el poder de los cónsules y el Senado podía hacer que se aprobase una ley contra el veto del tribuno.

Los plebeyos pensaron que su propia seguridad exigía que se pusiesen por escrito las leyes romanas. Mientras esto no ocurriese, nunca se sabría con seguridad si los patricios interpretaban las leyes a su favor. Al poner por escrito todos sus puntos, los tribunos tendrían una base para argumentar. Por el 450 a. C. apareció la primera codificación escrita de las leyes romanas. Para elaborar este código se eligieron diez patricios llamados decenviros, que significa “diez hombres”. Ocuparon el poder en lugar de los cónsules hasta que fue elaborado el código escrito. Se suponía que las leyes habían sido grabadas en doce tablas de bronce, por lo que se las llamó las Doce Tablas. Durante siglos, esas Doce Tablas fueron el fundamento del Derecho Romano.

miércoles, 23 de mayo de 2018

No hay más que un modo de gobernar a los hombres y es el de respetar sus costumbres, sus leyes y sus libertades.


Una de las grandes tonterías, mezcla de tontería y vileza, entre las muchas que han ido circulando por ahí estos últimos años es la de creer que pueden inventarse de la noche a la mañana nuevos sistemas de gobernar a los hombres y dirigirles, nuevos sistemas económicos o nuevos sistemas sociales, lo cual es como si se quisiera inventar de repente una nueva flora o una nueva fauna. No hay más que un modo de gobernar a los hombres con éxito, por lo menos desde que existe memoria histórica, es el de respetar sus costumbres, sus leyes y sus libertades.

Sir William Gladstone
Gladstone ante el discurso de un diputado conservador dijo: “Odio cada uno de los conceptos que está usted expresando, pero daría mi vida porque pueda expresarlos usted”. “Si todos los hombres menos uno fueran de la misma opinión y solo uno tuviera la opinión contraria, toda la humanidad no tendría más derecho a hacerle callar del que tendría la persona disidente a hacer callar a la humanidad”. Nadie ha citado más veces esta frase de John Stuart Mill que Churchill.

Hyde Park Corner 
"Un amigo mío americano, llegado recientemente a Inglaterra, paseaba el otro día por Hyde Park, cuenta Augusto Assía, cuando entre el tumulto de los oradores espontáneos salió una voz diciendo: La corrupta y brutal policía metropolitana. Mi amigo detuvo su coche y se puso a escuchar lo que el tribuno tenía que decir contra la policía, pero apenas había pasado un minuto cuando uno de los miembros de la corrupta y brutal policía metropolitana encargados de mantener el orden en Hyde Park Corner acercóse al coche y, con una amable sonrisa, pero sin el menor rictus irónico, rogole: “¿Quiere usted hacer el favor de apagar el motor? El ruido no deja oír bien al público lo que el caballero está diciendo”.