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domingo, 2 de septiembre de 2018

¿Qué clase de hombre fuiste tú?

Los hombres podemos ser causa de alegría o de tristeza, luz u oscuridad, fuente de paz o de inquietud, fermento que esponja o peso muerto que retrasa el camino de otros. Nuestro paso por la tierra no es indiferente.

Se dice de quien nos ha dejado: que ha muerto, pero nos queda su ejemplo.Su vida fue una demorada preparación del ejemplo que entregó a quienes le sobrevivieron y a las generaciones venideras que aún le recuerdan. Conocer la verdad de alguien es rememorar su ejemplo cuando ya ha dejado de vivir. La verdad de nuestro destino individual queda a la postre en manos de la posteridad social, que custodiará nuestro ejemplo solo si halla en él algo colectivamente aprovechable y digno de permanecer. Todo ejemplo es ejemplo para alguien, dice el filósofo Javier Gomá .

Las necrológicas y los obituarios que hoy leemos en los periódicos encuentra su antecedente en las laudationes funebres que los aristócratas romanos pronunciaban en los funerales solemnes ensalzando el ejemplo que había dejado el difunto en su paso por la tierra. Ahora, mientras vivimos, permanece abierto el contenido de nuestra futura laudatio. ¿Qué renglones escribirías tú en ella si estuviera en tu mano hacerlo? ¿Qué querrías que dijeran de ti? ¿Cómo te gustaría ser recordado? Nada de narcisismo o autocompasión; es la pregunta griega por la esencia: ¿qué clase de hombre fuiste tú?

domingo, 22 de abril de 2018

La verdad no es inculcada, pues está en cada uno.

Antonio Corradini: La verdad velada
Søren Kierkegaard (1813– 1855), que fue un prolífico filósofo y teólogo danés y se le considera el padre del existencialismo, decía que si la verdad ha de aprenderse, tenemos que presuponer que no se halla ahí y que, en cuanto debe aprenderse, se la busca. Topamos con la dificultad hacia la que Sócrates dirigía la atención en el Menón presentándola como una “propuesta guerrera”. A un hombre le resulta imposible buscar lo que sabe y le es igualmente imposible buscar lo que no sabe, porque lo que sabe no puede buscarlo, pues ya lo sabe, y lo que no sabe tampoco puede buscarlo, pues ni siquiera sabe qué debe buscar. Sócrates
Kierkegaard
resuelve la dificultad a través de la idea de que todo aprender y todo buscar es sólo recordar, de tal modo que el ignorante no necesita más que rememorar para llegar a ser consciente de lo que sabe. Así pues, “la verdad” no le es inculcada, pues estaba en él. En ella se concentra realmente el pathos griego que se convierte en una prueba de la inmortalidad del alma.


La felicidad eterna, dice Kierkegaard, me ha sido concedida retrospectivamente a partir de la posesión de la verdad que yo tenía desde el comienzo sin saberlo. Sócrates afirma que sólo desearía preguntar, porque la intención final de todo preguntar es que el propio interrogado posee la verdad y ha de alcanzarla por sí solo.