Michelle Perrot, profesora emérita de historia en la Universidad Paris-Diderot, escribe que “la alcoba conyugal está estrechamente ligada a la pareja, institución central en la historia de la familia, de la vida privada y de la sexualidad, es decir, los grandes temas de estos últimos años. Y, sin embargo, lo que aquí nos importa es su espacio. Occidente, desde la Antigüedad griega, ha apostado por la pareja heterosexual como fundamento de la unión, si no del amor, y le ha reconocido un lugar específico de acuerdo con su legitimidad, algo que se halla en las antípodas, por tanto, del harén oriental. ¿Representa la alcoba conyugal un aspecto fronterizo entre civilizaciones? Cuando menos, viene a marcar una concepción muy distinta del género y de las relaciones entre ambos sexos, tan ampliamente construidas por la historia.Cerrado para todo el mundo, la vida privada debe quedar entre cuatro paredes, entre las cuales no está permitido husmear, como tampoco lo está que se sepa lo que ocurre en la casa de un particular.Y mucho menos lo que pasa en una habitación, núcleo de la intimidad. Eran muchas las razones que concurrían para su aislamiento. En principio, el pudor, el deseo de ocultar el ejercicio de la sexualidad.
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jueves, 22 de mayo de 2025
La alcoba conyugal
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miércoles, 22 de marzo de 2023
La pequeñez de los mortales y la grandeza de Dios
Escribe el filósofo Irving Singer que “también Lutero subraya el enorme abismo que separa lo finito de lo infinito, la pequeñez de los mortales y la grandeza de Dios, cuando sostiene que la naturaleza pecadora del hombre le imposibilita amar a Dios con sus propios recursos. Al mismo tiempo, Lutero proporciona una concepción del hombre que no sólo ama a Dios y es amado por él, sino que se fusiona con él formando un “solo ser”. Como el hombre, por su propia naturaleza, es incapaz de amar, este sagrado vínculo es posible gracias a que Dios le otorga su amor mediante una explosión de ágape, convirtiendo al inmerecido receptor en su vehículo. La reciprocidad existe en la medida en que el amor de Dios vuelve a él después de haber descendido hasta la criatura elegida para completar el circuito. Esta trayectoria muestra el amor que Dios se tiene a sí mismo puesto que se originó en él y volvió a él sin ninguna intervención ajena. El que esto pueda ser considerado como un auténtico ejemplo de amor recíproco entre Dios y el hombre (quien es sólo un conducto para el amor divino) es un problema que la doctrina luterana no ha podido resolver. En la romantización del pensamiento de Lutero hallamos dificultades parecidas. Como el amor o ágape romántico es infundido en seres humanos desvalidos, los invade con un poder asombroso, hiere por motivos propios y no porque los individuos lo hayan deseado para sí mismos, es difícil ver en todo esto la presencia genuina de la reciprocidad. Si el amor es la búsqueda de lo desconocido, si no presupone mucho conocimiento de la otra persona, si dos personas se unen mediante una experiencia reveladora de la divinidad pero sin un fundamento objetivo basado en lo que son como hombre y mujer particulares, entonces resulta extraño afirmar que se aman mutua y recíprocamente”.
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viernes, 27 de marzo de 2020
El historiador cuenta lo que ha sucedido, mientras que el poeta cuenta lo que podría suceder
Aristóteles sostuvo que la diferencia entre la poesía y la historia consiste en que el historiador cuenta “lo que ha sucedido”, mientras que el poeta cuenta “lo que podría suceder”; es decir, que la poesía “dice más bien lo general, y la historia lo particular”, de lo cual deduce Aristóteles la superioridad de la poesía sobre la historia. La verdad de la historia, de este modo, sería una verdad factual, concreta, particular, una verdad que busca fijar lo ocurrido a determinados hombres en un determinado momento y lugar; por el contrario, la verdad de la literatura o de la poesía, que es como llama a la literatura Aristóteles, sería una verdad moral, abstracta, universal, una verdad que busca fijar lo que nos pasa a todos los hombres en cualquier momento y lugar.
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domingo, 15 de octubre de 2017
No me gusta ese tipo.
“No me gusta ese tipo”. Cuántas veces hemos podido oír ese juicio, que, a priori y sin fundamento, invalida un libro, margina una acción, niega importancia a una práctica y todo ello a partir del más evanescente de los sentimientos. Esas habladurías, rumores y maledicencias tienen consecuencias devastadoras. Tal como proclamaba, de manera irónica, un periódico: “No he visto ni he leído, pero he oído hablar”.
Quien declara “No me gusta ese tipo»”, dice Michel Maffesoli, no hace más que reconocer que la mitología moderna de lo universal ha cedido su sitio a la de lo particular. El pequeño quid consiste en que el chaval de las ciudades no tiene reparos en reconocer que necesita a su banda para existir. Y añade Maffesoli que más difícil le resultará admitirlo al habitante del triángulo de oro que componen los distritos parisinos quinto, sexto y séptimo. Pero la realidad es la misma. Si uno no tiene el olor de la manada, pertenece al tipo de cosas que se rechazan.
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