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viernes, 10 de abril de 2026

Sesgo de negatividad

Es frecuente escuchar quejas sobre el tráfico, el clima, el trabajo o las dificultades económicas. Para muchos, es algo inofensivo e incluso terapéutico, porque les sirve de desahogo emocional.Sin embargo, se ha demostrado que el lamento crónico tiene un impacto significativo en la salud emocional, mental e incluso física tanto de quienes se quejan como de quienes reciben los comentarios pesarosos.Lejos de una visión catastrofista, quejarse ocasionalmente es una parte normal de la experiencia humana. El desgaste emocional y fisiológico ocurre cuando ese talante negativo invade nuestras rutinas diarias.
¿Por qué nos quejamos tanto? Algunos expertos consideran que actúa como un mecanismo de afrontamiento a través del cual liberamos tensión o buscamos validación.Se ha observado que mediante la queja buscamos que aprueben nuestra opinión o percepción, como si se tratara de un bucle.Este efecto, denominado sesgo de negatividad, puede volverse contraproducente en el entorno moderno, ya que focalizarse en lo malo de manera continua puede alterar la forma en que las personas ven el mundo y promover así nuevas interacciones como las que se basan en la queja.  
Algunos estudios señalan que el acto de lamentarse puede provocar cambios estructurales en el cerebro que, a su vez, generan problemas en la resolución de problemas y la función cognitiva. Se ha observado que la queja cotidiana se correlaciona con la sintomatología ansioso-depresiva, escribe María J. García-Rubio, profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia.

martes, 17 de enero de 2023

Los italianos veneraban a Mussolini como se venera a los santos

Cuenta el historiador británico Ian Kershaw que el Duce era idolatrado en todas partes por muchos que eran silenciosamente críticos con muchas cosas del fascismo y detestaban a los jerarcas locales y funcionarios del partido, arrogantes y a menudo corruptos, aunque ni él se libró de la creciente apatía política y de la desilusión con el fascismo de finales de los años treinta. Lo que en la práctica equivalía a una divinización de Mussolini en amplios sectores de la población podía parecer la transmutación de una forma ingenua de fe religiosa popular. “Cuando miras a tu alrededor y no sabes ya a quién recurrir, recuerdas que Él está ahí. ¿Quién, si no Él, puede ayudarte?”, salmodiaba el principal periódico del país, Il Corriere della Sera, en 1936, hablando no de Dios, sino de Mussolini. El artículo preguntaba cuándo debía escribir la gente al Duce, y respondía: “Prácticamente en cualquier ocasión, en algún momento difícil de vuestra vida”. “El Duce sabe que cuando le escribís, lo hacéis movidos por un dolor verdadero o por una necesidad real. Es el confidente de todos y, en la medida en que pueda, ayudará a todos”. Muchos italianos se lo creían. Cada día le mandaban cartas cerca de 1.500 ciudadanos: “Me dirijo a usted que lo hace todo y todo lo puede”. “Para nosotros, los italianos, es usted nuestro Dios en la tierra, así que recurrimos a usted con fe y seguros de ser escuchados”. “Duce, le venero como se venera a los santos”. He aquí algunos de los efusivos desahogos de los campesinos de una provincia que en otro tiempo había sido feudo de los socialistas.