Es frecuente escuchar quejas sobre el tráfico, el clima, el trabajo o las dificultades económicas. Para muchos, es algo inofensivo e incluso terapéutico, porque les sirve de desahogo emocional.Sin embargo, se ha demostrado que el lamento crónico tiene un impacto significativo en la salud emocional, mental e incluso física tanto de quienes se quejan como de quienes reciben los comentarios pesarosos.Lejos de una visión catastrofista, quejarse ocasionalmente es una parte normal de la experiencia humana. El desgaste emocional y fisiológico ocurre cuando ese talante negativo invade nuestras rutinas diarias.
¿Por qué nos quejamos tanto? Algunos expertos consideran que actúa como un mecanismo de afrontamiento a través del cual liberamos tensión o buscamos validación.Se ha observado que mediante la queja buscamos que aprueben nuestra opinión o percepción, como si se tratara de un bucle.Este efecto, denominado sesgo de negatividad, puede volverse contraproducente en el entorno moderno, ya que focalizarse en lo malo de manera continua puede alterar la forma en que las personas ven el mundo y promover así nuevas interacciones como las que se basan en la queja.
Algunos estudios señalan que el acto de lamentarse puede provocar cambios estructurales en el cerebro que, a su vez, generan problemas en la resolución de problemas y la función cognitiva. Se ha observado que la queja cotidiana se correlaciona con la sintomatología ansioso-depresiva, escribe María J. García-Rubio, profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia.
Algunos estudios señalan que el acto de lamentarse puede provocar cambios estructurales en el cerebro que, a su vez, generan problemas en la resolución de problemas y la función cognitiva. Se ha observado que la queja cotidiana se correlaciona con la sintomatología ansioso-depresiva, escribe María J. García-Rubio, profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia.

