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jueves, 21 de junio de 2018

Polonia, segunda mitad de 1942.

Vehículos acorazados alemanes en la invasión de Polonia
En la segunda mitad de 1942, Polonia sufrió un desmoralizador golpe. Los alemanes prohibieron todos los casamientos, salvo aquellos a los que las autoridades concediesen su permiso. En casi todos los casos se negaba el permiso, aduciendo que la pareja no era apta para el programa de “elevación del estándar racial del pueblo polaco”. Para complementar este decreto sin precedentes, se emitió otra orden que señalaba que las autoridades podían confiscar a todos los bebés ilegales y deportarlos a orfanatos del Reich. Cuando, como consecuencia del primer decreto, los pobladores comenzaron a contraer matrimonios secretos, se puso en juego la segunda orden. Los niños que nacían de estos infortunados eran invariablemente arrancados de los brazos de sus padres. Con frecuencia, las
madres trataban de llevar a sus hijos a otro pueblo, donde pudiesen ocultarlos. Esto rara vez funcionaba. La Gestapo echaba mano de sus recursos para seguirle la pista a la madre y arrancarle el bebé de un tirón, como si se tratase de un cachorro. De esta manera, miles de niños polacos perdieron irremediablemente a sus padres. Ni siquiera se sabe bien qué ha sido exactamente de ellos, dice Jan Karski que fue un miembro de la resistencia polaca en la Segunda Guerra Mundial y posteriormente académico en la Universidad de Georgetown.
Según el historiador polaco Czesław Madajczyk, entre ciento cincuenta mil y doscientos mil niños polacos fueron raptados y deportados al Reich, y no hubo rastro de ellos que no haya quedado irremediablemente perdido. La acción de limpieza étnica, iniciada el 28 de junio de 1942 y llevada adelante hasta el verano de 1943, comportó la trágica suerte de treinta mil niños de la región de Zamość, deportados a campos de concentración.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Las relaciones hombre-mujer en el pensamiento de Shakespeare.


Shakespeare piensa que nuestras inclinaciones van, sedientas, al mal, como las ratas a su propio veneno lo devoran; y al beberlo, morimos. El deseo natural que puede ser reconocido con tanta franqueza y naturalidad dentro de los límites del matrimonio se convierte en veneno fuera de él. La intensidad de las infaustas visiones del sexo premarital y sus consecuencias quizá tuvieran mucho que ver con el hecho de que Shakespeare era padre de dos hijas adolescentes. Sus advertencias más explícitas acerca de los peligros del sexo premarital adoptan en La tempestad la forma de las severas palabras que dirige un padre al joven que corteja a su hija. Pero en los versos de Próspero correspondientes a esta obra, escrita al final de su carrera, da la impresión de que Shakespeare echa la vista atrás y contempla su propio casamiento infeliz, y que vincula esa infelicidad con la forma en que empezó todo, muchos años antes. “Toma a mi hija”, dice Próspero a Fernando, para a continuación añadir unas palabras que están a medio camino entre la maldición y la profecía: “Pero si llegas a romper el nudo virginal antes que las santas ceremonias sean celebradas según los sagrados ritos, los cielos no derramarán dulce rocío que fecunde este contrato; odio estéril, torvo desdén y discordia sembrarán el lecho de la unión con cizaña tan maligna, que llegarán a detestarlo”.  Estos versos, mucho más intensos y enérgicos de lo que exigiría la obra, parecen emanar de un profundo pozo de amargura, fruto de un matrimonio desgraciado. En vez de una lluvia de gracias (“dulce rocío”), la unión se verá irremediablemente infestada de desgracias, advierte Próspero, si la consumación del acto sexual precede a los “sagrados ritos”

En cuanto a la relación entre los esposos,Shakespeare escribe en Julio César, donde la esposa de Bruto, Porcia, se lamenta de haber quedado deliberadamente excluida de la vida interior de su esposo. Porcia no es desterrada del lecho de su esposo, pero la exclusión de la mente de su marido que padece la hace sentir, según ella misma afirma, como una puta: “Soy parte de ti, o eso creo, mas ¿solo cuando te conviene? Acompañarte a la mesa, complacerte en la cama, hablarte de vez en cuando, rondar los márgenes de tu deseo, ¿ese es mi lugar en tu vida? Entonces, podría decirse que Porcia es la ramera de Bruto, pero jamás su esposa”.