Era un “chico de aspecto asilvestrado”, “descalzo y vestido con harapos” que habían reclutado en la unidad de George Orwell. Un día a Orwell le robaron unos cuantos cigarros baratos y alguien denunció la falta de un poco de dinero. Informó a su oficial, que inmediatamente dio por sentado que el ladrón debía ser el joven de tez morena. El desdichado muchacho permitió que lo llevaran al puesto de guardia para registrarlo. “Lo que me impresionó más fue que apenas intentó defender su inocencia. En el fatalismo de su actitud podía verse la desesperada pobreza en que había sido criado. El oficial le ordenó que se desnudara. Él lo hizo con espantosa humildad, y registraron sus ropas. Por supuesto, ahí no estaban ni los cigarros ni el dinero; de hecho, no era él quien los había robado.” Lo que más impresionó a Orwell y lo que le resultó más doloroso fue que, una vez demostrada su inocencia, no parecía estar menos avergonzado. “Esa noche lo llevé al cine y le di coñac y chocolate. Pero eso también fue terrible; me refiero al intento de borrar un agravio con dinero. Durante un rato estuve dispuesto a creer que era un ladrón, y eso no puede borrarse”. Con qué claridad revela tan conmovedora descripción la humanidad de Orwell, una característica que subyace en toda su obra.
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