Los hombres del 98 representan en nuestra historia cultural una cota difícilmente desdeñable. Son conscientes de su función socio-política como “intelectuales” cuyo término reivindican para su quehacer, e introducen definitivamente el “ensayo” como modo de expresión, dando así entrada a lo que caracteriza específicamente nuestra historia literaria del siglo XX. Es con ellos con quienes surge el término “intelectual” en España con clara conciencia de pertenecer a una clase nueva que tiene una función de carácter rector en la vanguardia política y social. A esta conciencia de su papel en la sociedad se une la utilización de un modo de expresión propio que les caracteriza. Aunque entre ellos hay poetas, novelistas y dramaturgos, lo que les caracteriza es el uso del “ensayo” con conciencia de tal. En 1900 todavía el término no tiene plena vigencia social; en ese año, cuando Clarín escribe una crítica al Ariel, de José Enrique Rodó, no sabe cómo clasificarlo; dice que “no es una novela ni un libro didáctico”, sino de “ese género intermedio que con tan buen éxito cultivan los franceses y que en España es casi desconocido”. En 1914, cuando Ortega y Gasset publica sus Meditaciones del Quijote, no duda ya en llamarlo “ensayo”, recabando para ese nuevo género literario una definición que no ha sido superada. “El ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita”, nos dice. ¿Qué ha pasado entre 1900 y 1914? Sencillamente, que los nuevos intelectuales han hecho ya parte importante de su obra y han dado plena vigencia al nuevo género como forma de expresión literaria, escribe el profesor José Luis Abellán de la Universidad Complutense.
No hay comentarios:
Publicar un comentario