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lunes, 28 de octubre de 2024

El clientelismo

El clientelismo es un sistema caracterizado por unos políticos o dirigentes que otorgan favores, dádivas o privilegios a ciertas personas, o grupos concretos, a cambio de apoyo para obtener el poder o mantenerse en él. Este intercambio de favores necesita mecanismos que permitan una elevada dosis de discrecionalidad y arbitrariedad en las decisiones públicas para poder beneficiar a algunos grupos a costa de otros como normas complejas cuya puesta en práctica resulte discutible, leyes que no se apliquen generalmente pero puedan usarse a voluntad, a modo de chantaje o extorsión, etc. En este contexto de favoritismo desaparece la teórica igualdad de los ciudadanos ante las decisiones del poder. 
En las sociedades sometidas al Estado, la vigencia de los valores queda a expensas de los incentivos que dimanan de las instituciones, sea formalmente como leyes, sea informalmente como la cultura y los hábitos promovidos por la clase dirigente y asimilados por el resto. Si los dirigentes trasladan a la opinión pública la idea de que la Justicia es intencionadamente arbitraria, que las relaciones personalistas o los privilegios están por encima de los conocimientos, el mérito y el esfuerzo, que el engaño y la mentira son recursos legítimos y que la corrupción o el latrocinio, lejos de ser perseguidos, pueden proporcionar suculentos réditos, los valores éticos se convierten en una pesada carga. Pero no desaparecen, pues, por grave que sea la degradación, la gente aún distingue el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto.
Referencia: Catarsis (Javier Benegas;Juan M. Blanco)

viernes, 16 de febrero de 2018

La unión corrupta entre empresarios y políticos ha existido siempre como acredita la historia.


La unión corrupta entre empresarios y políticos siempre ha existido como acredita la historia. El siglo XIX era un tiempo, escribe Isaac Asimov, en que en Estados Unidos se podían hacer fortunas en los ferrocarriles, en todo aspecto menos en su construcción. Los promotores podían formar alianzas con el gobierno, manipular la Bolsa, falsificar acciones, adulterar los libros de contabilidad y, en general, efectuar los mayores latrocinios. De todas estas maneras, unos pocos charlatanes hábiles podían enriquecerse, mientras muchos perdían su dinero.

Uno de los ferrocarriles que se estaba construyendo en Estados Unidos a través de los territorios occidentales era el Union Pacific Railroad. Para financiar su construcción se creó en 1867 una compañía llamada Crédit Mobilier, y sus libros fueron manipulados de tal modo que unos veinte millones del dinero invertido fueron a parar no al pago de la construcción, sino a los bolsillos de los promotores de la compañía. Para asegurarse de que el gobierno no haría nada contra este robo, los promotores compartieron parte del dinero con encumbrados personajes del Congreso y hasta con el vicepresidente Colfax. Toda denuncia de los timadores suponía también una denuncia contra los políticos, de modo que se podía confiar en que importantes figuras del gobierno se opondrían tenazmente a todo intento de investigar la compañía.



El 10 de mayo de 1869, el Union Pacific Railroad, que se había construido hacia el Oeste desde Omaha, Nebraska, y el Central Pacific Railroad, construido hacia el Este desde Sacramento, California, se encontraron en Promontory, Utah, a unos cien kilómetros al noroeste de Salt Lake City. Una estaca dorada fue colocada en el punto de unión, y los dos extremos de la nación, el Atlántico y el Pacífico, quedaron unidos por ferrocarril en toda su extensión. Hubo una celebración nacional por este hecho, y con razón, pues el público había contribuido más de lo que pensaba. La falta de honradez de la empresa privada había sido compensada con la cesión por el gobierno de 23 millones de acres de tierra y 64 millones de dólares.