Escribe Anne Applebaum que “una extraña euforia parecía apoderarse de los supervivientes. Estar vivo era un alivio y el dolor se mezclaba con la alegría, y el comercio, los negocios y la reconstrucción empezaron de inmediato, de manera espontánea”. En el verano de 1945, Varsovia rebosaba actividad. Stefan Kisielewski escribió: “Entre las ruinas de las calles hay un alboroto como no se había conocido hasta ahora. El comercio bulle. El trabajo en auge. El humor en todas partes. La vida fluye en las calles y nadie pensaría que esta multitud la constituyen las víctimas de un terrible desastre, gente que apenas se ha recuperado de una catástrofe o que vive en condiciones extremas e inhumanas…”. Sándor Márai describió Budapest en este período en una de sus novelas: "Y lo que quedaba de una ciudad y de una sociedad renació con una alegría tan apasionada y testaruda, con una fuerza tan persistente y astuta como si nada hubiera pasado…..en las avenidas del centro de Pest, bajo los soportales, ya se podía comprar toda clase de comidas deliciosas, artículos de tocador, ropa, calzado, todo lo que se podía imaginar. Monedas de oro de la época de Napoleón, morfina, manteca de cerdo… Los judíos salieron tambaleándose de las casas marcadas con la estrella y, al cabo de una o dos semanas, ya se podía regatear en Budapest, entre restos de caballos, cadáveres humanos aún sin enterrar y edificios en ruinas, para comprar gruesas telas inglesas, perfumes franceses, aguardientes holandeses y relojes suizos…Este entusiasmo por el trabajo y la renovación habría de durar muchos años." El sociólogo británico Arthur Marwick aventuró en una ocasión que la experiencia de fracaso nacional tal vez sirviera a los alemanes occidentales como estímulo para reconstruirse y recuperar la noción de orgullo nacional. Argumentó también que la propia magnitud del desastre nacional quizá contribuyera al auge de posguerra; habiendo experimentado tal catástrofe económica y personal, los alemanes se dedicaron de inmediato a la reconstrucción.
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miércoles, 12 de agosto de 2026
Una extraña euforia parecía apoderarse de los supervivientes
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viernes, 1 de febrero de 2019
El fluir del río es incesante, pero su agua nunca es la misma.
El fluir del río es incesante, pero su agua nunca es la misma. Las burbujas que flotan en un remanso de la corriente ora se desvanecen, ora se forman, pero no por mucho tiempo. Así también en este mundo son los hombres y sus moradas, escribe el poeta japonés Kamo no Chōmei.
Tampoco sabemos, añade Kamo no Chōmei, por qué se
afanan de esa manera en construir casas necesariamente tan frágiles que apenas perdurarán. ¿Por qué se deleitan sus ojos en ellas? La manera en que la morada y su dueño rivalizan a la hora de ser el primero en desaparecer de esta vida efímera se asemeja al rocío en los pétalos de una campanilla. Tal vez la flor permanezca mientras el rocío se desvanece con el sol de la mañana, pero pronto se marchitará también bajo el calor del día. O tal vez la flor se marchite sin que el rocío haya llegado a evaporarse, pero no esperará al atardecer para hacerlo.
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| Kamo no Chōmei |
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