En Aristóteles no hay lugar para una separación entre “moral pública” y “moral privada”, pues la moral misma tiene como única posibilidad de propagación su hacerse pública; su perfección es un asunto de pedagogía social en cualquiera de sus niveles, ni exclusivamente familiar ni exclusivamente estatal. Y como la ley es dada por el legislador, la educación moral de éste ha de ser la primera preocupación pedagógica de la comunidad. Por eso la Ética Nicomaquea es un tratado escrito para los legisladores. Conviene recordar esto porque podría dar la impresión de que el esquema moral propuesto en esa obra es demasiado exigente, poco “realista”, olvidando que su destinatario no es el pueblo, al que Aristóteles considera incapaz de acceder inmediatamente a la perfección del carácter, sino el que está llamado a regirlo. La estructura misma de la Ética Nicomaquea y no pocos pasajes aparentemente inconexos, quedan suficientemente claros si conservamos la hipótesis de que su destinatario no es el pueblo (demos), sino aquellos llamados a darle a éste su forma o identidad como comunidad política, esto es, los legisladores (nomothétes). No se trata de encontrar la fórmula de “moralizar la política” sino de hallar la dimensión política de la moral, por medio de una rigurosa pedagogía ética de los futuros legisladores.

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