Creemos que al final todo se arregla y nunca pasa lo que más tememos. Educados durante cientos de años por una literatura en la que la justicia triunfa invariablemente en el último capítulo, creemos casi por instinto que el mal siempre se despeña solo a la larga. El pacifismo, por ejemplo, se basa en buena medida en esa convicción; no te opongas al mal, pues ya se destruirá él solo. Pero ¿por qué ha de destruirse? ¿Y qué pruebas hay de que lo hace? ¿Cuántos casos hay de modernos estados industrializados que se hayan hundido sin que los haya conquistado un ejército extranjero?, se pregunta George Orwell.

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