Uno de los padres de Europa, Robert Schuman, hablaba de la necesidad de dotar a Europa de un “suplemento de alma”. Si queremos dar un alma a Europa, tenemos que pasar de la dimensión de los intereses económicos a los valores fuertes y compartidos. No se trata de producir valores éticos, no es esta la tarea de la Unión, sino la de encontrarlos en nuestra historia y en nuestra cultura, empezando por aquellas raíces cristianas comunes a las que Juan Palo II hizo referencia en tantas ocasiones. Estos valores, que son el elemento más unificador de Europa, pueden construir, desde el Atlántico a los Urales, los cimientos de la casa común europea, escribe Gianfranco Fini.
La identidad política y espiritual de Europa se funda en el sentido de limite que tiene la historia, la política y las instituciones públicas respecto a la libertad, la dignidad de la persona y la autonomía de los cuerpos intermedios. Y este límite tiene un origen religioso, manifiesta Marco Follini.
Para Cristiana Muscardini el alma de Europa hunde sus raices en tiempos muy lejanos, en culturas que han hecho progresar a la sociedad humana, en visiones del mundo que han caracterizado todo lo que existe hoy de vital y positivo en la humanidad. El pensamiento griego, el judío, el romano , el cristiano, el Renacimiento son pilares sólidos y nada efímeros sobre los que se ha forjado Europa a lo largo de generaciones. El Occidente nace de estos territorios del espíritu. Una Europa que olvidase esto estaría condenada a un declive cultural, antesala de otros desastres. El alma de Europa debe ser una respuesta a la crisis de la cultura actual, que acentuéa la perdida de los valores y los relativiza frente a intereses materiales. La defensa de la dignidad humana , el derecho a la vida, a la salud y a la propiedad, la familia, la dignidad del trabajo, la lucha contra la pobreza y la marginación, el respeto al prójimo, son otros tantos aspectos de este alma que debe caracterizar las políticas europeas.
Para Cristiana Muscardini el alma de Europa hunde sus raices en tiempos muy lejanos, en culturas que han hecho progresar a la sociedad humana, en visiones del mundo que han caracterizado todo lo que existe hoy de vital y positivo en la humanidad. El pensamiento griego, el judío, el romano , el cristiano, el Renacimiento son pilares sólidos y nada efímeros sobre los que se ha forjado Europa a lo largo de generaciones. El Occidente nace de estos territorios del espíritu. Una Europa que olvidase esto estaría condenada a un declive cultural, antesala de otros desastres. El alma de Europa debe ser una respuesta a la crisis de la cultura actual, que acentuéa la perdida de los valores y los relativiza frente a intereses materiales. La defensa de la dignidad humana , el derecho a la vida, a la salud y a la propiedad, la familia, la dignidad del trabajo, la lucha contra la pobreza y la marginación, el respeto al prójimo, son otros tantos aspectos de este alma que debe caracterizar las políticas europeas.

