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miércoles, 3 de diciembre de 2025

Hay una luz que llega a todo lo que existe


Jesús  Sanchez Adalid escribe en La Luz del Oriente :
—Hoy he venido a hablaros acerca de esta hoguera —empezó de nuevo Plotino—. Y quiero que la miréis, que os fijéis en ella, pues representa al Uno. ¿Qué hay a su alrededor? Vuestros rostros, vuestros cuerpos iluminados, vuestras vestiduras. Ahora bien, lejos de ella, en los extremos, ¿qué hay?… La oscuridad. La noche está iluminada ahora en un gran radio alrededor de esta hoguera, pero a medida que te alejas crece la oscuridad. Si te alejas más, tan solo verás un puntito en la noche. Y si continúas alejándote de la hoguera, la luz ya no te llegaría…
—Pues hay una luz que llega a todo lo que existe, aunque a algunos sitios tenuemente —dijo Plotino con suavidad—. Es la luz del Uno. En todo lo que existe hay algo de su misterio divino. Pero lo que más cerca está de él son las ideas eternas, ante todo, el alma del hombre, que es como una chispa de esa luz; como una chispa de esta hoguera que ahora nos ilumina y que hace que veamos las caras, o como un rayo del gran faro de Alejandría, capaz de conducir a las embarcaciones. Lo que arde es Dios, y la oscuridad exterior a él, lejana y fría, es la materia que nos envuelve y oprime……..No hay escultura alguna, ni pintura, que pueda representar al Uno; ni fórmula religiosa o mágica que pueda atraer a la divinidad. Es solo el hombre el que puede acercarse a ella, a través de lo divino que hay en él.

lunes, 1 de julio de 2024

Habían obtenido respuesta a sus preguntas

El hombre de la cruz se tambaleaba entonces en dirección a ella, hasta que la mujer, sobresaltada por los ruidos que hacía la cruz al ser arrastrada entre los sepulcros, se giraba hacia él mostrándole su rostro cubierto por un velo negro que inducía a creer que detrás no había otra cosa que un tenebroso vacío. Con un estremecimiento, el hombre daba media vuelta y seguía su camino.
Pero el hombre no siguió su camino, al contrario, se acercó aún más a la casa. Luego descargó la cruz del hombro y la apoyó contra la pared, se despojó de la corona de espinas y la colgó de un extremo del travesaño. Un minuto más tarde, los dalecarlianos lo vieron alejarse por el camino, con la espalda recta y el paso ligero, felizmente liberado de su carga. Cuando comprendieron que había dejado la cruz junto a la puerta de su casa no dijeron ni una palabra. A algunos les dio por apretar con fuerza las manos de los que tenían al lado, y a un par se les inundaron los ojos de lágrimas. Casi todos los rostros quedaron como iluminados con una claridad que les confería algo parecido a la belleza. Habían obtenido respuesta a sus preguntas. No era para morir ni para vivir la vida por lo que habían viajado hasta allí, sino única y exclusivamente para llevar la cruz de Cristo. Más no necesitaban saber.
Jerusalén de Selma Lagerlöf

miércoles, 4 de octubre de 2017

La extraña historia de una teoría científica.

Lyssenko
Un raro ejemplo de longevidad de una estafa científica fue, en la Unión Soviética, el de la teoría biológica de Lyssenko, que se impuso desde 1935 hasta 1964. Más exactamente, fue impuesta por un Estado totalitario a todo un país como doctrina oficial. El lyssenkismo no gozó jamás del menor crédito en los medios científicos internacionales. Lyssenko, que rechazaba la teoría cromosómica, negaba la existencia de los genes y condenaba la “desviación fascista y trotskista-bukharinista de la genético”, debió la hegemonía local de su biología delirante, menos a su habilidad como impostor que a la voluntad política de Stalin y de Jruschov. 



Fue un éxito excepcional de la mentira. Durante treinta años, una inmensa población, privada de toda información científica externa, fue obligada a vivir el sueño de un iluminado sostenido por un Estado totalitario. Los auténticos biólogos fueron perseguidos, encarcelados, deportados, fusilados; los manuales escolares, las enciclopedias, los cursos universitarios, expurgados de toda referencia a la ciencia verdadera, reputada “ciencia burguesa” y opuesta a la “ciencia proletaria”. El sublime desinterés de esta mentira
intelectual fue atestiguado, además, por los efectos desastrosos del lyssenkismo sobre la agricultura soviética. La “agrobiología” de Lyssenko, decretada agronomía de Estado, profesaba la inutilidad de los abonos, prohibía las hibridaciones, puesto que era notorio, según la doctrina, que una especie se transformaba por sí misma en otra, sin cruces; el centeno en trigo, la col en nabo, el pino en abeto, y recíprocamente. Se prescribía a los campesinos el “trigo hendido de los faraones”, lo que hizo bajar a la mitad los rendimientos, ya fuertemente disminuidos por la colectivización forzosa de las tierras, que lo había precedido. La tragicomedia lyssenkiana nos cuenta la extraña historia, difícil de creer en nuestro siglo, de una teoría científica impuesta a un país por un Estado totalitario.