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domingo, 4 de junio de 2023

Amar también al enemigo

Joseph Ratzinger escribe que contraponiendo a las antiguas disposiciones de la Torá una nueva radicalidad de la justicia ante Dios: no sólo no matar, sino salir al encuentro del hermano con el que se está enfrentado para buscar la reconciliación. No más divorcios; no sólo igualdad en el derecho (ojo por ojo, diente por diente), sino dejarse pegar sin devolver el golpe; amar no sólo al prójimo, sino también al enemigo.

domingo, 30 de mayo de 2021

La manera en que se honra a Dios es creando una sociedad de justicia


La Torá, en múltiples oportunidades, contiene preceptos que dicen, de manera imperativa, que hay que ayudar al necesitado. El clamor de los profetas, especialmente de aquellos que denominamos “profetas del libro”, Oséas, Amós, Miqueas e Isaías, señala que uno de los pilares de su prédica es el compromiso directo con los necesitados. La manera en que se honra a Dios es creando una sociedad de justicia, y eso implica construir una comunidad en la que todos puedan vivir dignamente. Una de las tesis básicas que aparecen en las sagradas escrituras es que no puede haber una estructura de sociedad, de pueblo, de nación que no tenga un fuerte componente ético y un compromiso con todos los estratos sociales. La obligación de ayudar a la viuda y al huérfano se repite una y otra vez en la literatura bíblica. En la tradición de vida judía siempre hubo sociedades de ayuda para aquellos necesitaron un plato de comida, escribe el rabino Skorka.


                               

Toda la literatura bíblica sobre la posesión de las tierras, dice Skorka, tiende a garantizar que no haya latifundios, que cada familia tenga una parcela para su subsistencia y, a su vez, fija reglas de explotación de manera que la tierra sea preservada. Cada parcela, según la Torá, se debe cultivar seis años, y el séptimo debe dejársela descansar para que recupere sus nutrientes.

domingo, 19 de agosto de 2018

Pan de vida.

Mana pueblo de israel

Cuenta Benedicto XVI que los contemporáneos de Jesus entendían la salvación desde un punto de vista puramente material, el del bienestar general, y con ello rebajaban al hombre y, en realidad, excluían a Dios. Pero si veían el maná sólo desde el punto de vista del saciarse, hay que considerar que éste no era pan del cielo, sino sólo pan de la tierra. Aunque viniera del cielo era alimento terrenal; más aún, un sucedáneo que se acabaría en cuanto salieran del desierto y llegaran a tierra habitada. Pero el hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más. El don que alimente al hombre en cuanto hombre debe ser superior, estar a otro nivel. ¿Es la Torá ese otro alimento? En ella, a través de ella, el hombre puede de algún modo hacer de la
voluntad de Dios su alimento (cf. Jn 4, 34). Sí, la Torá es pan que viene de Dios; pero sólo nos muestra, por así decirlo, la espalda de Dios, es una sombra. “El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 33). Como los que le escuchaban seguían sin entenderlo, Jesús lo repite de un modo inequívoco: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed” (Jn 6, 35). La Ley se ha hecho Persona. En el encuentro con Jesús nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el pan del cielo.