Escribe Zygmunt Bauman en El arte de la vida que “la mano amistosa de un amigo fiable, leal y fidedigno que nos ayude hasta que la muerte nos separe; una mano que podamos confiar que nos será tendida con rapidez y disposición cuando sea necesario (lo que las islas ofrecen a los náufragos potenciales o los oasis a los perdidos en el desierto), necesitamos esta mano, y deseamos tenerla, cuantas más mejor. Sin embargo… ¡Sin embargo! En nuestro entorno moderno líquido, la lealtad para toda la vida es una bendición empañada de muchas maldiciones. ¿Y si las olas cambian de dirección, y si las nuevas oportunidades nos llaman a reciclar los tranquilizadores valores de ayer para convertirlos en los amenazadores obstáculos de hoy, las apreciadas posesiones en lastres desalentadores, los salvavidas en pesos de plomo? ¿Y si los próximos y queridos han dejado de ser queridos pero siguen irritantemente próximos? De ahí la ansiedad. El temor de perder amigos o parejas mezclado con el temor de ser incapaz de librarse de aquellos a los que ya no queremos, junto con el temor de encontrarse uno mismo en el extremo receptor de la necesidad y resolución del amigo o la pareja que dice que “necesita más espacio”. La red de relaciones humanas (red, el juego interminable de conectarse y desconectarse) es hoy la sede de la ambivalencia más angustiosa, lo que enfrenta a los artistas de la vida a una maraña de dilemas que causan más confusión que pistas ofrecen… “¿Dónde esta la frontera entre el derecho a la felicidad personal y el nuevo amor, por un lado, y el egoísmo irresponsable que destrozaría una familia y quizás haría daño a los niños, por el otro?”, pregunta Ivan Klima. Trazar esta frontera con exactitud puede ser una tarea angustiosa, pero podemos estar seguros de una cosa, se halle la frontera donde se halle, se viola en el momento en que el acto de atar y desatar los vínculos humanos se declara moralmente indiferente y neutral, de modo que los actores están liberados a priori de la responsabilidad por las consecuencias para el otro de sus actos; de la misma responsabilidad incondicional que promete el amor, en la salud y en la enfermedad, y que lucha por construir y preservar. “La creación de una relación mutua buena y duradera”, en clara oposición con la búsqueda de diversión mediante objetos de consumo, “exige un esfuerzo enorme”. Sin embargo, como sugiere Klima, hay que comparar el amor a la creación de una obra de arte. También esto exige imaginación, una concentración total, la combinación de todos los aspectos de la personalidad humana, sacrificio por parte del artista y libertad absoluta. Pero, por encima de todo, como en la creación artística, el amor exige acción, es decir, actividad y comportamiento no rutinarios, además de la atención constante a la naturaleza intrínseca de la pareja, el esfuerzo por comprender la individualidad del otro u otra, y respeto. Y por último, aunque no menos importante, necesita tolerancia, la conciencia de que uno no debe imponer su punto de vista o sus ideales a su pareja ni impedirle el camino hacia la felicidad. El amor, en definitiva, se abstiene de prometer un camino fácil a la felicidad y el significado. La “relación pura” inspirada por las prácticas del consumismo promete este tipo de vida fácil; pero de la misma manera convierte a la felicidad y el significado en rehenes del destino.
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jueves, 8 de enero de 2026
Rehenes del destino
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sábado, 28 de agosto de 2021
Una patética farsa en la que el autoengaño y la falta de voluntad celebran sus esponsales
Agustín de Hipona había decidido desprenderse de su anterior estilo de vida; y todo con una exquisitamente humana ambivalencia de ánimo, que él mismo desvela en sus Confesiones. "La voluntad nueva que había nacido en mí, por la que deseaba servirte libremente y gozar de ti, mi Dios, sola y única alegría verdadera, todavía no tenía fuerzas para vencer la antigua voluntad que, con el paso del tiempo, se había hecho fuerte. Era así como esas dos voluntades mías, la vieja y la nueva, la carnal y la espiritual, luchaban entre sí, destrozando mi alma en su enfrentamiento. “Ahora”, “voy”, “un poco más”. Pero este “ahora” no tenía término y el “poquito más” se alargaba indefinidamente. Habían pasado muchos años de mi vida, doce, si mal no recuerdo, desde que leí, a mis diecinueve años, el Hortensio de Cicerón, que me había suscitado el deseo de la sabiduría. Pero seguía dejando pasar el momento de dedicarme a su investigación, renunciando a los goces del mundo. Ello me hubiera dejado libre para esa otra felicidad cuya búsqueda, no digo ya su descubrimiento, debería haber valorado por encima de todos los tesoros y reinos del mundo y de los placeres del cuerpo por abundantes y fáciles de conseguir que fueran. Pero yo había sido un joven desdichado, muy desdichado, sobre todo en mi primera adolescencia, cuando te pedí la castidad, diciéndote: “Dame la castidad y continencia, pero no ahora”. Temía que respondieras inmediatamente a mi petición y me curaras demasiado pronto de mi concupiscencia, que yo quería satisfacer más que apagar. Esa inercia producida por los malos hábitos de una vida anterior, y el deseo ferviente de pasar de esa vida a otra mejor, pero no ahora, es algo enteramente comprensible, aunque un adusto racionalista lo encuentre inconsistente". Es verdad que ese “pero no ahora” puede demorar sine die el momento de la gran operación de rescate moral, convirtiéndola incluso en una patética farsa en la que el autoengaño y la falta de voluntad celebran sus esponsales.
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