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miércoles, 3 de junio de 2026

El secreto masónico y el Misterio católico

Contrariamente a lo que ocurre en la masonería, cuyo ritual está esencialmente ligado al secreto, la religión católica está fundada sobre el Misterio, escribe Serge Abad Gallardo.El Secreto, en el sentido que le da la masonería, es un conocimiento de tipo esotérico al cual el iniciado llegará por la práctica del ritual, y que ostentará a título estrictamente individual. Se trata pues de un conocimiento personal que no es compartible. En eso, la masonería se opone fundamentalmente a la religión católica, que profesa públicamente tanto su fe en Dios como su liturgia.  profesa públicamente tanto su fe en Dios como su liturgia.El Misterio, en el sentido de la religión católica, participa de una trascendencia. Es el dominio de lo divino y ese divino no es ininteligible. El Señor marcha delante de los fieles y los guía en el camino que lleva al Misterio. Le dice Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.” Lo divino interviene en la vida cotidiana del cristiano a través de la Eucaristía. El Misterio interviene así al final de un proceso que la Iglesia católica ha denominado “transubstanciación”. No se trata, pues, de simbolismo alguno, de la expresión de un mito o de una metáfora, pues Jesús mismo está presente en el curso de la Eucaristía: "Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida" (Jn 6, 55-56).

Qué diferencia con la adhesión del masón, que se apoya en un mito, el de Hiram, enteramente inventado, totalmente ficticio y desprovisto de todo valor, tanto histórico como fáctico “Todo el mundo sabe hoy que Hiram es ante todo un mito y que no existe rastro alguno verdadero de la construcción del maestro arquitecto”. Esto es lo que me permite decir, manifiesta Serge Abad Gallardo, que, si bien es posible hablar de una verdadera fe católica, no puede, por el contrario, hablarse de otra cosa que de “compromiso” masónico. 

viernes, 9 de enero de 2026

Todo lo que es valioso en este mundo está lleno de ambigüedad

Escribe Eugénie Bastié,comentarista político en el canal de noticias de televisión CNews y colaboradora del periódico conservador Le Figaro, que la variedad desaparece en el seno de la especie humana; en todos los rincones del mundo se encuentran las mismas formas de actuar, pensar y sentir, como predijo ya Tocqueville. Lejos de ser cosmopolita, nuestro mundo no ofrece más que una yuxtaposición de identidades empobrecidas. Los mismos rascacielos de Nueva York a Abu Dhabi. Las mismas canciones pop en lenguas indistinguibles, formateadas por programas informáticos para producir el mismo efecto, de París a Pekín. Los mismos yihadistas de Bamako a Moscú, las mismas barbas, la misma visión estrecha e intercambiable de un Islam desarraigado y fanatizado.
Thomas Bauer, catedrático de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Münsternos, recuerda que, contrariamente a lo que nos quieren hacer creer los prejuicios contemporáneos, la religión católica fue sorprendentemente tolerante en materia de ambigüedad. En Ginebra, los calvinistas hacían quemar a los sodomitas en la plaza pública, mientras que en el mundo musulmán no se vio nada parecido hasta el siglo XIX.
La cultura estadounidense, marcada por el protestantismo, se caracteriza por un bajo nivel de ambigüedad. Los estadounidenses consideran el contacto visual prolongado como una forma de agresión, los hombres europeos con voces agudas son tomados por homosexuales y se prefiere el béisbol al fútbol porque este último ofrece demasiados partidos que acaben en empate. El sello distintivo del discurso estadounidense, desde la conversación trivial hasta el discurso público, es su univocidad.
El arte es el dominio por excelencia de la ambigüedad, dice Bastié. Uno puede pasarse horas sentado ante un cuadro de Chardin, de Vermeer o de Manet. Por el contrario, desde el arte abstracto hasta la música serial y la arquitectura contemporánea, Bauer muestra cómo las formas artísticas contemporáneas se fundan en el rechazo de la ambigüedad, ya sea mediante la promoción de la insignificancia, ya por el culto a la exactitud matemática. La política no ha escapado a este gran empobrecimiento, ahora reina el culto a la autenticidad por encima de la práctica del compromiso. El archipiélago de la vida pública, lejos de ofrecer un abanico matizado de opiniones, presenta silos estancos de convicciones mutuamente impermeables.
Bauer señala que el confinamiento de los individuos en categorías como homosexual o heterosexual es característico del rechazo de la ambigüedad. Con su avalancha de siglas y estrechas etiquetas, lo LGBTIQ+ encierra al individuo en identidades colectivas allí donde a un griego jamás se le habría ocurrido definirse por lo que hace por las noches.
Todo lo que es valioso en este mundo está lleno de ambigüedad; el amor, la muerte, el lenguaje, el arte y lo sagrado. 

domingo, 6 de julio de 2025

La conversión significa un comienzo, no una culminación

G. K. Chesterton
“La dificultad de explicar “por qué soy católico” radica en el hecho de que existen diez mil razones para ello, aunque todas acaban resumiéndose en una sola, que la religión católica es verdadera”. He aquí la causa por la que el 30 de julio de 1922, G. K. Chesterton deseó ser acogido en el seno de la Iglesia. Para Chesterton hay dos razones fundamentales que pueden llevar a una persona a la conversión. “La primera es que se crea que en ella (en la fe católica) anida una verdad firme y objetiva, una verdad que no depende de la personal creencia para existir. Otra razón puede ser que la persona aspire a liberarse de sus pecados”. Éstas son las razones por las que Chesterton se hizo católico, y que deben constituir el fundamento de quien tome la decisión de entrar en la Iglesia. Sin ellas, afirmaba Chesterton, el individuo puede decir que es católico, pero se está engañando.Para Chesterton, como para todos los que entran en la Iglesia, la conversión significa un comienzo, no una culminación. Ser católico no es hacerse católico; éste es el profundo desafío al que tiene que enfrentarse el creyente.
La importante pregunta que hay que hacer a Chesterton (y a todos los conversos) no es: ¿Por qué se hizo católico?, sino, más bien, ¿En qué clase de católico se convirtió?