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domingo, 3 de mayo de 2026

Como la fresa tiene gusto a fresa, así la vida sabe a felicidad

Richard Easterlin
Richard Easterlin cuenta que la satisfacción que tenemos en la existencia, el grado de felicidad que declaramos, depende en muy gran parte, pues somos seres sociales, de la manera en que nos comparamos con los que están alrededor nuestro. Y un individuo es estadísticamente más feliz, o tiene más posibilidades de serlo, cuando gana 2.000 euros en una empresa en que todo el mundo gana 1.000, que cuando gana 3.000 euros en una empresa donde todo el mundo gana 10.000. En el fondo, miramos siempre a los demás con el deseo de obtener lo que ellos tienen, de modo, dice Easterlin que se suele producir este sorprendente fenómeno, cuanto más ganamos, más ricos nos volvemos, y más frecuentamos a gente que es más rica que nosotros, con una desigualdad de ingresos mucho más importante que si frecuentamos a gente mal pagada. Cuanto más aumenta nuestra remuneración, más ocasiones tenemos de sentirnos frustrados, porque tenemos el sentimiento de que toda la gente que nos rodea tienen más suerte que nosotros, son más felices que nosotros.
San Agustín expresaba que no hay que desear lo que no tenemos aún, sino volver a desear lo que ya tenemos. Dice François-Xavier Bellamy que quizá toda la felicidad consiste en amar lo que hemos recibido como si no lo tuviésemos; y toda la infelicidad, en la única experiencia verdaderamente terrible de la existencia, resulta de conjugar la felicidad solo en el pasado, cuando no se supo disfrutar de su presencia. Mi salud es un bien infinitamente precioso, pero del que no sé su valor más que en el momento en que comienzo a perderla. Somos desgraciados por perder lo que no hemos sido felices por tener. La felicidad perdida es incluso, en realidad, la única desgracia que existe. Prévert dice: “He reconocido la felicidad por el ruido que ha hecho al marcharse”. Una frase como esa define la catástrofe de nuestras vidas.
Epicuro en la Carta a Meneses nos dice que la felicidad puede encontrarse simplemente en nuestro rencuentro con la vida. Pero recolectar con la vida, con el presente, supone una curación que todos necesitamos; liberarnos de nuestros miedos.
Alain escribe que “la vida es buena por encima de todo; es buena por si misma; el razonamiento no le añade nada. No se es feliz por viaje, éxito, placer. No, se es feliz porque se es feliz. La felicidad es el sabor mismo de la vida. Como la fresa tiene gusto a fresa, así la vida sabe a felicidad. El sol es bueno; la lluvia es buena; todo ruido es música. No es que estemos condenados a vivir; vivimos ávidamente. Queremos ver, tocar, valorar; queremos desplegar el mundo. Todo viviente es como un paseante de la mañana.” Y añade Alain que “incluso las penas, la fatiga, las pruebas, todo eso tiene aún un sabor de felicidad, porque todo eso tiene aún un sabor de vida. Existir es bueno; no algo mejor que otra cosa; porque existir es todo, y no existir no es nada. Si no fuese así, ningún viviente nacería, ningún viviente duraría.