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miércoles, 8 de abril de 2026

El capitalismo era bueno en la producción y en la distribución de la riqueza

Marcuse
Cuando se hizo evidente que el capitalismo era bueno en la producción de la riqueza y en la distribución de sus frutos, y que el socialismo era muy malo para eso, dos nuevas variantes en el pensamiento de la izquierda desviaron este argumento dentro de su cabeza, y comenzaron a condenar al capitalismo precisamente por ser tan bueno en la producción de riqueza. Una variante de este argumento apareció en los escritos cada vez más populares de Herbert Marcuse. Marcuse creía que el propósito histórico del proletariado era ser una clase revolucionaria. Su tarea era derrumbar al capitalismo. Pero eso presuponía que el capitalismo llevaría al proletariado a la miseria económica, tarea en la cual había fallado. En cambio, había producido grandes cantidades de riqueza; y aquí viene la innovación, el capitalismo usó esa riqueza para oprimir al proletariado. Al hacer que los miembros del proletariado se volvieran lo suficientemente ricos como para sentirse cómodos, el capitalismo creó una clase cautiva, el proletariado pasó a estar encerrado dentro del sistema capitalista, dependiendo de sus golosinas y esclavizado por el propósito de escalar la ladera económica, y con “las acciones agresivas de ganarse la vida”. No sólo ésta era una forma velada de opresión, sostenía Marcuse, sino que el proletariado se había apartado de su tarea histórica debido a las comodidades y a los artilugios del capitalismo. El capitalismo está produciendo toda esa riqueza, por consiguiente, es malo, está en desafío directo del imperativo moral del progreso histórico hacia el socialismo. Sería mucho mejor si el proletariado estuviera en la miseria económica bajo el capitalismo, porque entonces se darían cuenta de su opresión, y estaría psicológicamente preparado para realizar su misión histórica. La segunda variante se observó en el giro que la izquierda tomó hacia la creciente preocupación por las cuestiones medioambientales. A medida que el movimiento marxista se fracturaba y mutaba en nuevas formas, los activistas e intelectuales de izquierda comenzaban a buscar nuevos métodos para atacar al capitalismo. Las cuestiones ambientales, junto con los problemas de las mujeres y de las minorías, llegaron a ser vistos como una nueva arma en el arsenal contra el capitalismo.
Heidegger
En este análisis, el conflicto entre la producción económica y la salud del medio ambiente no es algo del corto plazo, sino que es inevitable y fundamental. La producción de la riqueza misma está en conflicto mortal con la salud del ambiente. Y el capitalismo, que es tan bueno para producir riqueza, debe ser, por lo tanto, el enemigo número uno del medio ambiente. La riqueza, por consiguiente, ya no es buena. Vivir simplemente, evitando tanto como sea posible producir o consumir, sería el nuevo ideal. Los críticos igualitaristas comenzaron a argumentar con más fuerza que, simplemente así como a los varones, el poner sus propios intereses por encima los llevó a someter a las mujeres, y así como a los blancos el poner sus propios intereses por encima, los condujo a subyugar a todas las demás razas, los humanos, al poner sus propios intereses por encima, sometieron a las otras especies y al medio ambiente como un todo. La solución propuesta entonces fue la radical igualdad moral de todas las especies. Debemos reconocer no sólo que la productividad y la riqueza son el mal, sino también que todas las especies, desde las bacterias a los piojos de la madera, desde los osos hormigueros hasta los humanos son iguales en valor moral. La ecología profunda, como fue llamado tal igualitarismo radical aplicado a la filosofía ambiental, rechazó así los elementos humanísticos del marxismo, y los sustituyó explícitamente por el marco antihumanista de valores de Heidegger.

Referencia: Explicando el Posmodernismo (Stephen R. C. Hicks)

martes, 19 de noviembre de 2024

Principio de universalidad de las leyes de la naturaleza

Lucrecio

Lobo come el cordero y con el cordero forma lobo, el cordero come hierba y con la hierba forma cordero. Esto fue advertido hace ya mucho tiempo, desde Demócrito y Epicuro. Lucrecio lo dice de la manera siguiente: “… y ello de tal modo que la naturaleza muta en cuerpos vivos todas las formas posibles de comida”. El cambio continuo de los seres vivos en otros seres vivos, independientemente de formas y propiedades, permitió a los atomistas griegos imaginar un principio común, un constituyente invisible que podría dar lugar, con distinto ordenamiento, a las distintas criaturas vivientes. La teoría atomista no tiene otro fundamento. Esta idea de que el cambio de un ser vivo en otro sólo es posible debido a estar hecho de las mismas partes, pero ordenadas de otro modo, ha permanecido a lo largo de los siglos y está en la base de las grandes teorías físicas recientes. Al notar, como sucede día a día a partir de los datos proporcionados por los grandes aceleradores, que cada partícula libre en una interacción propia genera otras partículas, se llegó a la idea de que “un principio común, un constituyente invisible, pero con distinto ordenamiento, da lugar a las distintas partículas libres”. Esta afirmación sólo ha requerido sustituir “seres vivos” por “partículas libres”. Es más, para extender la analogía, basta con sustituir teoría atomista por gran unificación. Incluso si la comparación no es del todo válida, la parábola del lobo, el cordero y la hierba habla en favor del maravilloso poder de razonamiento de los atomistas griegos. La habilidad de la naturaleza en generar especies y, por lo tanto, en producir cantidades de los mismos seres es inmediatamente generalizada por Lucrecio: “El mismo principio nos convence de que el cielo, la tierra, el sol, la luna y cualquier cosa viva no son únicos, sino que, por el contrario, existen en número infinito…”. Esta generalización ha llegado hasta nosotros. La versión moderna hablaría de un principio de universalidad de las leyes de la naturaleza, con la diferencia de que, en lugar de tratarse de una especulación, descansa sobre gran cantidad de datos observables. 
Referencia: Proceso azar ( Peter Theodore Landsberg; Günter Ludwig;  Margalef; Ilya Prigogine; Evry Schatzman; Jorge Wagensberg).


sábado, 11 de febrero de 2017

Una gran parte de la humanidad subsiste comiendo hierba.

Agricultura.
La agricultura consiste en explotar una etapa del ciclo vital de las plantas que hemos adoptado como cultivos. Dartnell cuenta que muchas plantas han adaptado una parte específica de su estructura para que actúe como almacén de la energía que captan de la luz del Sol, a fin de que la utilice la propia planta al año siguiente, o bien como legado para la próxima generación, esto es, sus semillas. Esos almacenes son las partes suculentas y nutritivas que se encuentran en las estanterías de los supermercados. La mayoría de las hortalizas de raíz y hortalizas de tallo que comemos son plantas bienales, florecen cada dos años. Su estrategia reproductiva consiste en acumular el equivalente energético de una estación en una parte especialmente abultada, permanecer en estado de latencia durante el invierno, y luego capitalizar sus reservas al comienzo de la primavera siguiente para producir flores y semillas muy por delante de sus competidoras. Los ejemplos de raíces abultadas incluyen las zanahorias, los nabos, los colinabos, los rábanos y las remolachas. Al cultivar estas variedades y cosechar sus partes abultadas lo que hacemos es básicamente saquear la cuenta de ahorro energético que estas han ido acumulando de manera gradual durante el período de cultivo. La patata no es propiamente una hortaliza de raíz, el tubérculo que comemos es en realidad una parte abultada del tallo. Otras plantas utilizan hojas especializadas como almacén de energía, las cebollas, los puerros, el ajo y los chalotes son todos ellos apretados
brócoli, puerro y zanahoria
manojos de hojas engordadas. La coliflor y el brécol son en realidad flores inmaduras, y si no se recogen lo bastante pronto dejan de ser comestibles. Los frutos son obviamente el almacén de energía de las semillas de una planta, como la suculenta carne que rodea el hueso de la ciruela; el grano de los cereales como el trigo es también botánicamente un tipo de fruto.


 Hace catorce mil años unos ingenieros genéticos empezaron a provocar toda clase de mutaciones en las especies vegetales de la Tierra.
Cuando la humanidad abandonó su forma de vida nómada, sigue contando Dartnelly, se estableció en asentamientos, arraigada en un emplazamiento concreto con campos agrícolas circundantes, pasó a depender por completo de obtener cosechas fiables de las plantas adoptadas como cultivos. Pero no nos hemos contentado con aceptar agradecidos las nutritivas reservas vegetales que nos ha proporcionado la selección natural. A lo largo de numerosas generaciones de cría selectiva, eligiendo qué plantas propagar en función de ciertas características deseables, hemos reajustado su biología para acentuar ciertas cualidades y disminuir los rasgos no deseados. En el proceso de piratear las estrategias reproductivas de esas plantas a fin de subvertirlas en nuestro propio beneficio, su biología se ha visto distorsionada hasta el punto de que ahora dependen tanto de nosotros para su supervivencia como nosotros de ellas para la nuestra. Cada una de las variedades que hoy cultivamos, desde el tomate, grotescamente abultado, hasta la planta del arroz, raquítica y sobrecargada en su parte superior, constituye toda una tecnología en sí misma, producto de antiguos ingenieros genéticos.
trigo
Existe una enorme diversidad de especies de plantas comestibles en todo el planeta, y a pesar de que las diversas civilizaciones solo han elegido para su cultivo y criado selectivamente durante milenios una diminuta fracción de ellas, se calcula que hay alrededor de 7.000 variedades cultivadas. Sin embargo, hoy en día solo una decena de especies representan más del 80 por ciento de la producción agraria global, y las grandes civilizaciones de América, Asia y Europa se desarrollaron a partir de solo tres cultivos básicos: el maíz, el arroz y el trigo, respectivamente. 
El trigo es una de las primeras plantas que el hombre domesticó.


El maíz, el arroz y el trigo, además de la cebada, el sorgo, el mijo, la avena y el centeno, son cultivos cereales, esto es, variedades de plantas herbáceas. Este predominio de los cereales en nuestra dieta, junto con el hecho de que mucha de la carne que consumimos proviene de ganado alimentado o bien con pasto, o bien con cereal forrajero, significa que una gran parte de la humanidad subsiste, directa o indirectamente, comiendo hierba.

La agricultura consiste en explotar una etapa del ciclo vital de las plantas que hemos adoptado como cultivos.